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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



AGUANTE - RIVER PLATE - BOCA JUNIORS - URUGUAY - REPÚBLICA ARGENTINA - MONTEVIDEO - BUENOS AIRES - CLUB NACIONAL DE FÚTBOL - CLUB ATLÉTICO PEÑAROL - RÍO DE LA PLATA - GARCÍA, CHARLY - ROCK AND ROLL - PLAZA DE MAYO - MADRES Y ABUELAS DE PLAZA DE MAYO - BATLLE Y ORDÓÑEZ, JOSÉ - SARMIENTO, DOMINGO FAUSTINO - TORNEOS Y COMPETENCIAS - EL AGUANTE - DEPORTÓCRATAS - HÉROES - GALLINAS - MANYA MIERDA - BOLSILLUDOS - MILLONARIOS - XENEIXES - BOSTEROS - ESTUARIO DEL RÍO DE LA PLATA - HINCHADA - BARRAS BRAVAS -

Sin novio ni épica: breve arqueología del aguante (madre de todas las cosas) (I)*

Amir Hamed
El aguante es inasible como la brisa; está en todas partes pero nadie termina de saber qué es. Está en las camisetas que son atavío casi obligado de chicas o chabones en los pubs del Tigre o Barrio Norte, en Buenos Aires, o de Punta Carretas o Carrasco, en Montevideo, y también en las bailantas; está en miles de páginas de Internet, en la dicción rejuvenecida de las tribus urbanas, en los pesos y patacones que se limosnean para el vino o la cerveza o por el mero imperativo de la limosna; en la resistencia casi sorda al pacto cívico, al intercambio laboral, a la geopolítica de los ganadores; está lejos de Dios

Este es el aguante
Hasta yo lo vi
Este es el aguante
Decímelo a mí
...................
Y si no te gusta
Te podés matar
Este es el aguante
Este es mi lugar
..................
Este es el aguante
Esto es Rock & Roll
Charly García
El Aguante (1998)


Tras que Edipo, a las puertas de Tebas, resuelve el enigma del cuadrúpedo que es bípedo y luego trípode al que lo somete la Esfinge, ésta se autoaniquila; la respuesta, antes del
héroe de los pies hinchados, era impronunciable por banal: bastaba con decir "el hombre". Edipo, que fue hermano de sus hijos y nieto de su suegra, fue parejamente banal y atrevido. Otro al que lo baladí no ha acobardado es Charly García, quien presumiblemente fue sometido a un programa de preguntas y respuestas cuyo botín era capturado tras resolver el acertijo de "qué es eso que modificó la etiqueta de las gallinas, la modulación de los cantantes de rock platenses, que lleva a los niños que están lejos de la pobreza a pedir monedas por las calles de Montevideo y habrá de rebautizar la Plaza de Mayo, en Buenos Aires". Es de barajar que los productores del programa hayan descansado en la nula mención que, históricamente, en letras o entrevistas había hecho García de los lugares comunes de los pelotaris (es uno de los pocos de la farándula argentina a los que se le desconoce partidismo deportivo), pero lo cierto es que, luego de la respuesta, quedaron a expensas de una invitación al suicidio.

Nada del aguante me es ajeno

El ganador, García, siempre a la vanguardia, con sonoro palmetazo en la frente, reconoce que llegó tarde pero que, a la vez, siempre estuvo ahí: "hasta yo lo vi/decímelo a mí".
Error del inquisidor, considerar al aguante un
evento deportivo. Error (asumido) por García, la anagnórisis lerda. Si él mismo, en "Chipi Chipi", definió su poética como "detectora" ("yo siempre tengo esta pobre antena/que me transmite lo que decir") y se ha convertido en gurú por dar la alarma en el momento justo, aquí fue como recibir un pelotazo que descalabra el entrecejo y despertar a la revelación anacrónica de que él, una vida a la vanguardia, había nacido para la pasión añeja de eso mismo que estraga gargantas entre los hinchas; una herida abrasiva, envolvente, que con todo barre. Hoy, 2002, en el Río de la Plata, todo es aguante, esfinge de mil caras que, entre otras cosas, tiene su propia Plaza, la misma que fuera de los padres y madres de Mayo, frente a la Casa Rosada.

Aquellos más lentos que García no dejarán de percibir (y en muchos casos, de temer) que se trata de un cambio ideológico e institucional que, entre otras cosas, marca la clausura de los próceres de Mayo y los colores nacionales diseñados por Belgrano en favor de la heráldica de los barra brava, incorporada a los movimientos de resistencia de eso que algunos han dado en llamar sociedad civil. Pero como todo aquello ubicuo, y como en la neurótica letra de García, que escamotea definiciones, el aguante es inasible como la brisa; está en todas partes pero nadie termina de saber qué es. Está en las camisetas que son atavío casi obligado de chicas o chabones en los pubs del Tigre o Barrio Norte, en Buenos Aires, o de Punta Carretas o Carrasco, en Montevideo, y también en las bailantas; está en miles de páginas de Internet, en la dicción rejuvenecida de las tribus urbanas, en los pesos y patacones que se limosnean para el vino o la cerveza o por el mero imperativo de la limosna; en la resistencia casi sorda al pacto cívico, al intercambio laboral, a la geopolítica de los ganadores; está en un programa televisivo de Torneos y Competencias, llamado El Aguante, en la atmósfera cada vez más gesticulante de las calles, en la caja de vino que va tomando una muchacha, a las siete de la tarde, rumbo a la rambla de Palermo, en Montevideo, pasando junto a la embajada de Estados Unidos, custodiada por patrulleros; está lejos de Dios, es de presumir, pero igual que con el trino y uno, y con el rock and roll, todo comenzó casi en sigilo, en un par de iglesias (llegó para quedarse); pero a diferencia del Dios atronador que impuso sus tablas en el Sinaí, el aguante necesita ser sometido a predicados.

En el principio fue la gallina

Tras cierta sonora derrota deportiva, la de un equipo argentino contra uno uruguayo, en 1966, las gallinas comenzaron a asistir a la tribuna de Boca Juniors ataviadas con una camiseta de River Plate. Nadie sabía si se trataba de ponedoras o cluecas y se conjeturaba que no habían pagado entrada. Nadie, siquiera, podía escuchar su cococó, pero a ninguno pasó por alto que, a través de las gallinas, los hinchas de Boca ratificaban que su rivalidad con River Plate trascendía cualquier nacionalismo: más aún, explicaban, por medio de esa ave incapaz del vuelo, por qué ellos no eran de River, es decir, por qué adherían al campo azul, franjeado de oro(1).

En ocasiones, las ovíparas, con revoloteo de plumas y sus tradicionales y escasamente atléticos saltitos, eran arrojadas al verde césped. En la década siguiente creció la granja cuando, revanchista, la barra de River arrojó, marrón y hocicudo bajo el oroazul de la casaquilla, un cerdo. No engañarse con la progresión edípica: dos patas gallináceas, cierto, cuatro porcinas, pero el aguante es un miriápodo, que todavía era nonato. Lo que sí resultaba de todos modos advertible era que las hinchadas habían abolido la distancia sacra del campo civilizador que era la cancha; sistemáticamente, para deleite de las cámaras, arrojaban rollos de papel (higiénico, de calculadora) que los ilusos tras la pantalla blanco y negro confundían con serpentinas. El rollo que iba cayendo dejaba una estela que, de alguna forma, unía los dos mundos: el tablón populoso y el espacio regimentado que poblaban los héroes.

Esto no dejaba de transgredir el modelo civilizador de la modernidad platense. Baste recordar que, si bien durante las primeras décadas del siglo XX, el fútbol era el jolgorio del campo abierto (la cancha un lamparón de pampa o penillanura entre las ciudades que crecían y humeaban al influjo de los inmigrantes y, en el cuero de vaca hecho pelota, rodaba de aquí para allá el souvenir de la sociedad pastoril y anárquica que tanto molestara a Sarmiento(2)) de todas formas comportaba una amable trampa para matreros nostalgiosos. Por más que al principio fuera en el Plata un festejo de habilidades e individualismo, el football inoculaba reglas y, más aún, cumplía con el fin disciplinante con el que los ingleses, a partir del siglo XIX, impusieron la práctica de deportes colectivos y de competencia(3).

La rivalidad deportiva (por más que el deporte sea sucedáneo de la guerra) era un aspecto más de la vida en la civitas, por más pasional y omnipresente que ésta fuera en el Plata. Para la sociedad de tabla rasa y pequeña burguesía igualitaria que surgió en el siglo XX en el Uruguay parido por los gobiernos de José Batlle y Ordóñez, los tempranos triunfos deportivos (campeonatos olímpicos de 1924 y 28, mundial del 30, que se estiraron, tras el paréntesis de entreguerras, en 1950 hicieron del fútbol y la casaca celeste que adquirió el seleccionado un aparato integrador tras el que se apiñaron criollos e inmigrantes(4); las carreras de los políticos, comenzaban en instituciones deportivas, principalmente en los dos "grandes" (Nacional y Peñarol(5)) y, todavía hoy, se insiste en que el fútbol es el mejor embajador uruguayo, es decir, aquello que hace al país conocido fuera de fronteras. Se ha afirmado que en Argentina, durante el medio siglo, la relación entre balompié y nacionalidad se volvió indisoluble(6); lo que aquí cumple recordar, sin embargo, es que en esa edad en la que reinó el bombo populista de Juan Domingo Perón (activo simpatizante de Racing), los footballers jugaban con camisas con cuello y abotonadas: la interpelación a "mis descamisados" que hacía Evita tendía a unificar a las masas más allá de divisas deportivas.

Como hongos, en el Plata, iban creciendo los estadios, diseñados para apacentar público sobre cemento -mientras los atletas se deshidrataban y pateaban-, que venían a cerrar el anillo ciudadano: en un ágora verde, se dirimían diferencias. Amparados en su falta de imaginación y su temor escolar a la reiteración de términos, esos paladines conocidos como cronistas deportivos, empecinados dispositivos de reproducción ideológica del estado, generaron un lexicón edulcorado que trataba de resolver tensiones de clase y que, todavía hoy, se hace sentir en un complejo sistema de paráfrasis, parónimos y metonimias que progresivamente dejaron de interpelar. Por décadas, a los de River se los llamó "millonarios", y "xeneixes" a sus archirrivales de Boca (por su cercanía con el estuario).

La verificación de que este tipo de terminología, aunque remitía a diferencias de clase, buscaba lenificar enconos supradeportivos se da en
Uruguay, donde los del Club Nacional de Fútbol, equipo fundado por universitarios, cuya casaca tenía cosido un bolsillo azul, eran llamados "bolsilludos", es decir, acaudalados, por los adherentes a su enconado rival, Peñarol, con origen en las compañías inglesas de ferrocarril. Para ese país batllista el vocablo "bolsilludo" era agresivo, tanto como la palabra "manya", con la que los de Nacional motejaban a sus adversarios.

El relato evemerístico responde a las primeras décadas del siglo, cuando uno de esos próceres "aurinegros" pasó a defender la odiada "tricolor". Aunque el profesionalismo todavía no se declaraba oficialmente, era practicado entre las instituciones más prósperas, y el "transferido" Carlos Scarone, que de Peñarol había pasado a Boca Juniors, vuelve a Uruguay para ponerse la del bolsillo. Una versión dice que en 1915 jugó su primer clásico siendo reiteradamente agredido por sus ex compañeros, que lo perseguían en una implacable vendetta de 90 minutos. Cansado de revolcones, el agredido se explica adamantino desde el piso: "Qué querés, si ustedes son unos manya mierda".(7)

Sin embargo, la prensa deportiva (igualmente poco feliz con el idioma, igualmente pacata y defensora del civismo del estado) los llamaba "tricolores", remitiendo a su indumentaria, tomada de la bandera federal de José Gervasio Artigas, con los cromos rojo, blanco y azul. Para el adversario -su origen pueblero y ferroviario hipostasiado en los colores de su camiseta, amarillo y negro- la crónica reservaba los términos "carbonero" y el visionario "aurinegro"(8). Mientras la sosa fabla de los deportócratas trataba de erigirse en muro de contención, reforzador del pacto cívico, la animosidad estallaba en abyección, sin embargo, dentro de la prensa partidaria: en su sistema de denominaciones, el adversario era un innombrable, cuya existencia era un provisoriato de fraseos vacuos como "el tradicional adversario" o "el rival de todas las horas".

Pero, tras la irrupción de la gallinita, todo cambió; los ofendidos, recordando el fuerte olor que sube con la marea del estuario, no dejaron de replicar con un "bosteros", que dio fragancia para siempre a los colores de Boca Juniors. Se puede decir que, por medio de estos apelativos, las hinchadas resolvieron la existencia del otro y, consiguientemente, la propia. En 1966 comenzaba el fin de esta modalidad cívico-deportiva; con los chanchos y atávicas madres de nuestros mejores huevos, que reaparecían en la neblina de los cohetes y papelería que eran el centro mismo del endomingamiento, se difuminaban los límites del campo de juego y la cerca devenía en la orilla, allí donde el tango dice que es sur, paredón y pampa. Papeles, cohetes, bichos, gritos, eran la manifestación corpórea de aquello mismo que alguna vez se confundiera con el espíritu: el aliento (de la hinchada). Si alentar es enajenar el soplo propio en los colores del equipo, insultar al adversario es actualizar las señas de pertenencia y diferenciación, que en muchos casos recordaban de qué barrio se provenía o cuál se evitaba. Así, por ejemplo, en Buenos Aires, los "cuervos" de San Lorenzo recuerdan como "quemeros", por su cercanía a los basurales, a sus rivales de Huracán, mientras en Rosario los "canallas" de Central mapean como "leprosos" a los Newels, por su proximidad con cierto leprosario.

No faltará quien pretenda trazar un origen de las pasiones deportivas del Plata en la retensión anal o en el derroche, pero aquí lo relevante es consignar la conversión del insulto en reivindicación totémica, así como el desplazamiento por el cual se difuminó el deporte y, a partir del tablón, garganteado por miles primero y millones después, el aguante, como un evangelio, se apoderó de las ciudades.

(sigue)

 

Notas:

(1) Es decir, los colores de Boca Juniors.

(2) A diferencia del extremadamente disciplinado basketball, deporte estrictamente citadino, cronometrado con infinidad de infracciones, de impulso cenital como los edificios y rascacielos. Al respecto, véase El Fútbol. Mitos, Ritos y Símbolos (Madrid: Alianza Editorial, 1981), de Vicente Verdú.

(3) En el siglo XIX los alemanes tuvieron una época de apogeo de su modelo, el turnen (gimnasia), cuyo objeto no era la competencia sino mantener el
cuerpo saludable, resaltar las formas corporales y fortalecer el espíritu y el coraje ante el peligro. Los atletas alemanes decimonónicos tenían especial interés en vincular la actividad física con el crecimiento moral e intelectual. Tampoco otra de las variantes que trajo ese siglo, la gimnasia sueca, en la cual movimientos humanos eran considerados como si formaran parte de una máquina, era competitiva. Pero los ingleses lograron imponer, casi como extensión cultural del imperio, un modelo deportivo asociado, en el que equipos se contraponen a otros equipos en un juego o campeonato. Quienes al comenzar el juego son iguales por definición, son diferentes al final, con un ganador y uno o varios perdedores. Ése es el modelo que luego, a través del olimpismo, se consagraría como "natural".

(4) Si bien había algunos vascos y gallegos, en las primeras décadas del siglo, los jugadores uruguayos eran, en su mayoría, de origen italiano, algo que se mantuvo en Argentina en toda la centuria. Por otra parte, siempre ha habido algún afroauruguayo inscripto en los grandes triunfos.

(5) Todavía hoy se puede encontrar que el ex dos veces presidente de la República,
Julio María Sanguinetti, es presidente honorario de Peñarol y su hijo, diputado, integra la directiva del club que preside José Pedro Damiani, ex candidato a la Intendencia de Montevideo; el actual presidente, Jorge Batlle, colorado, es socio de Nacional, lo mismo que el actual intendente, Mariano Arana y el senador Danilo Astori, figuras principales del Frente Amplio (de paso: partido polìtico presidido por el socialista Tabaré Vázquez, quien se inició en la política como presidente del club Progreso): los tres se hicieron presentes en las últimas elecciones del Club Nacional de Fútbol para dar su voto a Eduardo Ache, figura del gobierno de Batlle y del partido colorado.

(6) Pablo Alabarces y María Graciela Rodríguez han desarrollado esta teoría. "Football and Fatherland: The Crisis of National Representation in Argentinian Football", en Culture, Sport, Society. Vol. 2, No. 3 (1999), Gerry P T Finn and Richard Giulianotti ed. Versión en
Internet y en castellano "Fútbol y patria: la crisis de la representación de lo nacional en el fútbol argentino", http://www.efdeportes.com/efd10/pamr10.htm

(7) Por décadas, el origen de la palabra "manya" era desconocido por la gran mayoría de los que la proferían como por aquellos que la recibían. El grado despectivo estaba implicado, de todas formas, por su remisión al lunfardo de los inmigrantes, es decir, una voz no transcribible dentro de la ortodoxia gramatical de
prensa y medios, celosa de la "pureza" del castellano y servil al diccionario de la Real Academia. Para la sociedad integradora del batllismo, conformada por inmigrantes e hijos de inmigrantes, era tabú la reivindicación del origen, que de por sí implicaba un grado de diferencia. Las étnicas y de clase eran borradas, en primera instancia, por la túnica blanca de la escuela pública, laica y gratuita, y por la nacionalidad "uruguaya" que, en el siglo XX, sustituyó definitivamente a la "oriental", que predominara en el siglo XIX y que, de por sí, recordaba su parentesco con las provincias argentinas.

(8) Agréguese "mirasol " al anodino
lexicón al que la crónica uruguaya recurre para evadir los términos "Peñarol" o "peñarolense".



* Publicado originalmente en Revista Iberoamericana Enero/Marzo 2003 VOL. LXIX (pp 15 a 29).

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