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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 





LETRA, DEMONIO DE LA - ESCRITURA - NOVELA Y EXORCISMO - LOLITA - ADA O EL ARDOR - CRIMEN Y CASTIGO - PEQUEÑA MUERTE - NABOKOV, VLADIMIR -


Letra demonio*

Amir Hamed
Por concienzudo, resistente y estudioso que sea, el coito termina con una explosión, catalogada como "pequeña muerte"


Sexo, sexo, pornografía: la sutileza gliptodóntica de nuestra cultura con los asuntos de la carne dio notoriedad y dinero a Vladimir Nabokov. Juicios y censura mediante, allá por 1958 Lolita fue una explosión que se abría paso a través de coros que le vociferaban indecencia, inmoralidad y afines a la obra del oscuro profesor de Cornell. Ese bullicio le ganó a Ada o el ardor, su siguiente novela, la condecoración de que ocho capítulos de su primera parte fueran adelantados en Playboy y que Columbia Pictures pagara medio millón de los sonoros dólares de entonces por los derechos de una película que nunca habría de hacerse.

Sin embargo, estas dos novelas de Nabokov, si bien hipersensuales en su textura, no cumplen en ningún momento con la finalidad de la literatura erótica -sabidamente, excitar sexualmente al lector. Más aún, las escenas eróticas desaparecen antes de que se llegue al tercio de cualquiera de estas novelas. Por cientos de páginas quedan sí las emanaciones del sexo, su vibración. Si se consideró a Nabokov pornográfico, la verdad es que, en sus novelas, el sexo es por sobre todo iridiscencia.

En Lolita, es la combustión inicial para el descubrimiento de Estados Unidos, en Ada, para escenificar un territorio de ciencia ficción, llamado Anti Terra. Su vigor es catalizado por los tabúes a ser transgredidos (pedofilia en una, incesto en la segunda), pero es paulatinamente devorado por la escritura que, sosegada, lo canaliza. Es así que el protagonista Humbert Humbert, de a poco, logra reconvertir su pasión en algo parecido al amor y casi reivindicarse consigo mismo cuando se transforma en asesino, repitiendo e invirtiendo la pasión de Raskólnikov en Crimen y castigo. Si el personaje de Dostoievsky, tras matar a una vieja, tiene que pasar por casi infinitas páginas de redención para confesarse, ser condenado y encontrar el amor en Sonia Marmeládovna, prostituta casi celestial, el de Nabokov tiene que transcurrir por un itinerario semejante para redimir sus erecciones y convertirlas en sentimiento.

Más aún, se puede entender la narrativa de estos coterráneos como ejercicios de exorcismo. Así como Karamázov o Raskólnikov deben purgarse a través de sus juicios, Nabokov - cuya propia obra pasara por diversos tribunales - debe lograr que sus protagonistas depuren sus ardores. Se puede objetar que ellos obsta una diferencia, ya que Dostoievsky, que narra en tercera persona, puede escudarse en demonios explícitos y en fuerzas celestiales en tanto Humbert Humbert (también Van Veen, protagonista de Ada, como él seducido por una nínfula), que lo hace en primera, sólo puede alentar un exorcismo: su propia escritura.

En todo caso, más allá de estas discrepancias, lo axiomático es que las obras tienen que exorcizar su propio demonio, que no es otro que el de la escritura. A diferencia del daimón dócil que le cuchicheaba a Sócrates, el de la letra exigirá que le construyan su propio escenario -en estos casos, la novela- para irrumpir, juguetear, fatigarse y aplacarse, finalmente, como un niño que está a punto de llorar pero no quiere irse.

Se dirá que este conjuro mantiene cierta analogía con el acto sexual; preciso recordar, sin embargo, que, si bien poco hay más urgente que el sexo, pasarlo al arte exige paciencia. No faltará el lector de sufis o tantristas que recuerde que arte amatorio, cuando es dignamente ejecutado, también es pacientísimo y que a menudo la captura del sujeto deseado requiere la erección de alambicados escenarios; hay, de todos modos, una divergencia. Por concienzudo, resistente y estudioso que sea, el coito termina con una explosión, catalogada como "pequeña muerte". El exorcismo de la escritura -que es una cansera progresiva- suele culminar con un parsimonioso duelo, al que conviene llamar "despedida". Allá cuando la letra, mansa, va página tras página siendo absorbida su propia sombra, que es la fatiga de lo blanco.


* Publicado originalmente en Insomnia

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