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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



SUICIDIO - SUICIDA -

El suicidio

Horacio Quiroga
El suicida que lleva una bala a su cerebro, abandona, ya no digo placeres, pues pueden haber desaparecido para él, pero sí la vida: este solo pensamiento basta a detener el gatillo


En el texto de Gustavo Espinosa aquí publicado se dice: "Apoyándose en Paul de Man, el autor nos sugiere que cuando asumimos que la vida produce la biografía, también podemos sugerir que un proyecto biográfico puede determinar la vida. Cuando el sujeto de esa biografia (escritura de la vida) es un escritor, no es extraño entonces que éste organice su proyecto según los estatutos de la literatura. Hay demasiadas brusquedades y vueltas de tuerca en el itinerario de Quiroga, como para no ver detrás la mano del narrador, 'los trucos del perfecto cuentista'."

Repasando en busca de iconografía los archivos de
Horacio Quiroga en el Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional, encontramos este texto -ya publicado, por cierto-, fechado por Quiroga en setiembre de 1896, tres meses antes de cumplir sus 18 años.

Si es cierto que la biografía puede responder a la escritura -una especie de plan vital literario que se pone implícitamente en obra-, este texto, en el que poco se ha reparado, se vuelve muy importante: muestra que la biografía fatal de Quiroga comenzaba a ser literariamente escrita ya desde el principio. La última frase es un presagio exacto y literal de la última decisión vital del salteño, que se representaría sobre tablas recién cuarenta años más adelante.

Aldo Mazzuchelli

 

El valor dice voluntad. Un acto de heroísmo pone en vibración todas las fibras del cerebro, y la voluntad surge con toda plenitud.

El suicida, contrarrestando el "instinto" de conservación, tan poderoso; abarcando en el momento supremo, los goces, los encantos y las alegrías que, de cuando en cuando, dan empuje a la vida; el suicida, que abandona un mundo, joven aún, en su estructura ya gastada, realiza y encarna el último heroísmo.

Por otro lado, no hay razón ninguna para sostener una vida que cansa. Nada nos dice que debemos andarnos aquí; y, cuando el recuerdo de dolores pasados y la presente tierra que nos sofoca han rasgado los nervios, atrofiando el natural deseo de ver, oír, oler, sentir y gustar, seguir viviendo es una terquedad impropia de una cabeza pensante que rechaza la idea de un deber que no existe, impuesto a la humanidad.

El
suicidio no está, en manera alguna reñido con el materialismo, como dice ese señor. Lo único que tal vez nos imponga es reproducirse. El ser que ha perpetuado su especie legando uno o más individuos al medio de [sensación], tiene consentimiento del materialismo para acabar, no con una vida, sino con diez, por cuanto el descansar o el cambiar de medio es la cosa más justa que se le haya ocurrido al hombre, y, sobre todo, al materialista.
Vuelvo a repetir que hay valor, e inmenso. ¿A quién no espanta la idea del no ser?

El suicida que lleva una bala a su cerebro, abandona, ya no digo placeres, pues pueden haber desaparecido para él, pero sí la vida: este solo pensamiento basta a detener el gatillo.
¡Es una cobardía moral!, gritan enseguida.

Justo; pero, pregunto yo: ¿Qué necesita más esfuerzo de voluntad: continuar viviendo, aparente ley natural, o quitarse la vida? Donde la voluntad es más grande se siente al valor.
Y no digamos que en el mundo predomina el valor (se entiende el llamado material), no sé por qué, a punto fijo.

Donde hay contrariedad, hay lucha. Sea cual sea el resultado, es preciso un esfuerzo de voluntad, de valor, para llegar a él. Pasar de la vida a la muerte es la gran lucha.

E. Wilde piensa curiosamente. Un soldado se bate terriblememente, de un modo heroico. Al volver a su casa su hija ha muerto, y llora y se desespera y quiere matarse. Al ver la poca imaginación de ese hombre, la falta de valor moral, nadie dice: "es un cobarde".

El mismo soldado ha huído del campo de batalla, que guarda su fusil. En el pueblo, tres de sus hijos han muerto. El hombre bendice a Dios que se los ha llevado y contiene sus lamentos, soporta con firmeza el terrible golpe, en tanto que la muchedumbre murmura en los [rincones]: "Ese soldado no tiene valor".

El cambio favorable, el razonamiento, el bienestar entrevisto, cuándo ha sido apellidado cobardía?

El creyente que salta por encima de sus preocupaciones y arriesga, por un instante de placer, una eternidad de penurias y sufrimiento tiene valor en ese momento.

"El comerciante arruinado, el enfermo incurable, el amante apasionado y loco que no puede conseguir la realización de sus amorosos propósitos; el inocente calumniado que abandona la defensa y desiste de la lucha para rehabilitarse; el ambicioso que ve derrumbarse en un minuto la escala pacientemente construida a fuerza de humillaciones y bajezas para escalar el pináculo de sus desmedidas e insaciables ambiciones; el hastiado o cansado de vivir, que ha perdido todas las esperanzas, todas las ilusiones, y que tiene atrofiado el corazón y el alma", todos esos mártires del mundo y de sus sentidos, también tienen valor.

El señor dice que los anteriores: el comerciante y el enfermo; al ambicioso y al frustrado; etc., etc. hanse muerto muy luego de llegar al colmo de su desgracia; que no lo han hecho en el instante mismo de darse cuenta de la profundidad de su mal; que, cual pajarita de desgracias, el
suicidio ha extendido poco a poco su ala funeraria, ha revoloteado, ha chillado, ha mirado y ha picado por último en el cerebro y, pasado mucho tiempo (pues se supone que la pajarita es perezosa), y la idea que antes nos horrorizara, hoy nos parece natural y lógica y, acto contínuo, nos damos muerte, gracias a la benéfica pajarita.

Así piensa ese querido señor; pero yo tengo la desgracia de no pensar igual. Para mí, el suicidio sigue inmediatamente a la desgracia. El arruinado se mata cuando su casa quiebra. El enfermo se mata cuando llanamente comprende que su mal no tiene cura y que entre sufrir y no sufrir es fácil la elección.

Setiembre de 1896 -

*Publicado originalmente en Insomnia, Nº 115, suplemento cultural de la revista Posdata.

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