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ISSN 1688-1672

 



CARRO DE BASURA - HURGADOR - MUTANTES - MÁQUINA - PAISAJE VS. AMBIENTE -

El vengador del futuro*


Sandino Núñez

El carro mutante del hurgador es una máquina opaca, artefacto de bricoleur. Un asiento más una caja más un eje más ruedas más un caballo más basura más un mercado del requeche


Un nuevo actor entró hace cierto tiempo al paisaje urbano - como quien dice un fantasma recorriendo Montevideo: el carro de la basura. Del otro lado del tiempo, especie de antiovni, aparecido en pleno centro, amontonando, deteniendo, congestionando, molestando, afeando, hiriendo, nos obligó a ser rehenes de su soberana indiferencia.

En otras palabras. Un nuevo actor entró al paisaje urbano -vengador del futuro- para destruirlo, para provocar la explosión silenciosa del propio paisaje, del escenario y del pequeño teatro (¿burgués?), para desnudar en su inutilidad la mirada fotográfica del urbanista, del esteta y del sociólogo.

Exhibición grosera de tridimensionalidad: un paisaje que sólo es capaz de hablarme de sus propias reglas de composición, de pronto se concentra, se amontona, se coagula en un objeto que salta de la superficie, que rompe las reglas de composición precisamente porque las ignora; un objeto con demasiada información, que habla
(grita, gesticula), desde su más trivial superficialidad, del subdesarrollo, de las formas sórdidas del mercado, del rebusque y de ocupaciones raras, pero también de la mala vida, e incluso de los nuevos circuitos póstumos de las cosas.

Esta concentración nos ha involucrado, nos ha arrancado del "punto de vista", de la mirada tranquila del paisajista, y nos ha envuelto, nos ha rodeado, con olor, con ruido, con opacidad. Nos ha devuelto el carácter atmosférico del mundo.

El carro mutante del hurgador es una máquina opaca, artefacto de bricoleur. Un asiento más una caja más un eje más ruedas más un caballo más basura más un mercado del requeche. Máquina de desplazarse, máquina de carga, máquina de afear, máquina de sobrevivir. Pero también y es lo que me interesa aquí, máquina de destruir, o por lo menos, de desconstruir, de despertarnos. Es un amontonamiento, un nudo, un proceso entreverado. Su indiferencia tiene como correlato nuestra imposibilidad de ser indiferentes: la vieja sensibilidad paisajística se destruye.

Pero mientras tanto, hasta su modo de generar discurso, asociaciones e ideas, parece maquínico. Cruce complicado de culturas, de emociones. Para decirlo de otra manera, cuando el carro deja de ser máquina para volverse signo y representación, para ingresar al mundo del studium y del lenguaje, lo hace de un modo oscuro y opaco, entorpeciendo el tránsito tranquilo y dominguero de las ideas.

En primer lugar puede ser signo e iconización del decline and fall, del deterioro social, de una pérdida, de aquello que alguna vez tuvimos. Signo en el que el augur de un futuro de distopía, una curva descendente que se intenta conjurar en un ubi sunt, baladas nostálgicas y melindrosas: el centro estaba limpio y prolijo y era transitable los fines de semana después de las ocho, demolieron la casona de Rivera y Bulevar, exorcisaron a los parroquianos del Sorocabana, ya no se lee sino tonterías, la poesía y la creación no se difunden. Las calles se llenan de carritos de basura. A éstos me gustaría llamarlos regresistas.

En segundo lugar. El carro es también signo e iconización, pero no de la decadencia sino del atraso social, del pasado, de aquello que hay que superar y dejar atrás en nombre de un futuro. El carro deja así de ser un "nuevo actor" y empieza a ser una pervivencia pegajosa y extemporánea, incrustación cancerosa del pasado en el cuerpo del presente, que impide la utopía (llámese desarrollo suizo o socialismo), que detiene la marcha hacia el futuro. El carro es, en todo caso, máquina torpe, máquina lenta: complica el tánsito en el centro, complica el fluido del pensamiento, complica la marcha hacia la utopía. A éstos quiero llamarlos progresistas. Mientras que el regresista, ante la parición del carro, ponía cara de dónde-iremos-a-parar, el progresista dice "parece mentira que aún hoy". A diferencia del regresista, que lo ve invariablemente con molestia y desagrado, la carga afectiva con la que le progresista teoriza el carro puede ser múltiple y contradictoria: simpatía, culpa, odio, pena, temor.

Ahora bien, es difícil determinar cuánto hay de regresista en el progresista, cuánto de lo que en el reaccionario era anticipo de un futuro atroz, se ha convertido - cambiando de signo - en el pasado residual intolerable del progresista, solamente para volverlo cuerpo extraño, extemporáneo, excepción, fantasma. Cuánto de lo que muchas veces se combate con el nombre de "atraso social" es no solamente distribución mala e injusta de bienes y riquezas, sino la incompletud de un proceso sociocultural evolutivo cuya terminal es el libro, la teoría (¿qué es la utopía, sino libro, escritura?) -en cualquier caso, la estabilidad de una teoría sobre las luchas sociales es mejor que los accidentes y las contradicciones, trágicos o cómicos, de las propias luchas; el análisis de la composición de la sociedad en clases y el mapa de la distribución de clases es mejor que describir los procesos de lucha.

Tercero. El carro del revoltoso puede ser también heráldica soft del ambiente mutante, su postal, su estampita. Lo que antes era futuro terrible o pasado intolerable, ahora se fija, vuelve a ser paisaje instantáneo, rasgo folclórico, objeto de una mirada estética. Recuerdo el clip publicitario del diario El Día ("el común y el diferente") y, algo menos alejado, el del diario El País ("el grito del canilla"). El primero, liviano y diurno, componía en un collage el agradable folclore de la microinteracción urbana al comienzo del trabajo y del día (madre despide a hijo escolar, negocios abren, desayuno familiar, diario tapizándolo todo). Perdido y confundido entre tanto optimismo productivo, residuo nocturno, un carro de basura pasa, ya travestido en rasgo exótico de Montevideo, en atracción turística, trazo identitario el Cerro o el perfil del Palacio Salvo.

El segundo era gótico: la noche, las fogatas, el viaducto, la crónica roja, el mutante, el travesti. Y allí, devueltos por fin a su hogar estilístico, los carros de basura. Esto es, propiamente, un intento reaccionario de traducir el ambiente mutante en estética, en poesía. Intento de darle un grosor, un estilo, estatura lírica y grandeza. Intento de meter el carro de basura en la biblioteca del poeta. Intento de convertir el ambiente en paisaje, de bidimensionalizar el espacio.

Paisaje marciano, hermoso y hostil, que los terráqueos miran -sin respirarlo- mientras el poeta y el decorador adjetivan, describen y comentan -convertir a Montevideo en Cuidad Gótica, decorado (signo estético de lo feo y lo bizarro) que finge la monumentalidad de las pirámides. Pero en el ambiente mutante nada parece haber de inmemorial, ni siquiera de perdurable. Sólo hay ciudades instantáneas dentro de la ciudad, ciudades de papel y de bolsa, provisorias, sin pasado y sin futuro y sin ninguna grandeza -la feria vecinal, la calesita, la pensión, el carro de basura.

La poesía del lumpen y del desclasado, la estética del no terapizable, del inclasificable, del mamado, del que no cabe en la ciudad ni en el futuro, ya no tiene el menor sentido: el mutante y el carro ya no son rarezas sobre las que solamente quepa o bien hacer poesía o bien ciencia.

Finalmente. El carro, igual que en el caso anterior, es sacado del tiempo y del relato, para volver a ser clavado por la mirada, pero esta vez no del esteta, sino del técnico y del científico. Aquel decora y trasviste, convierte lo feo en Mad Max; éste asea y bautiza, convierte lo feo en útil, en rol, en función. Deseo des-comunal de empadronar el carro, de inscribirlo, de escribirlo. Deseo ingenuo de teorizar al revoltoso, de comprenderlo contra un fondo de estabilidad. El progresista decía "el hurgador y el pichi no tienen lugar en el futuro", el técnico complementa observando que mientras no podamos acabar con la pobreza, lo mejor sería esconderla.

Su forma de esconder al hurgador consiste en darle el título nobiliario de clasificador, como hiciera la Intendencia de Montevideo.

Instalemos el carro en la cadena productiva, invistámoslo de dignidad, hagamos de la máquina de sobrevivir una máquina de clasificar, de limpiar como de reciclar, de ecologizar. El circuito póstumo de las cosas: yo te reciclo. Asistente social, engagée y culposo, que intenta neutralizar con un discurso sobre roles ocupacionales y especialización laboral, sobre la técnica y la división del trabajo, una máquina sociocultural, lenta y opaca y mutante que lo supera.


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Publicado originalmente en La República de Platón Nº 3

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