Bien recientemente, la película The full monty
(Todo o nada), hace una muy amable vindicación
del coraje. En una narración accidentada y barriera, varios
adultos de Sheffield deciden realizar un show de strip tease,
en primera instancia, para ganar unas cuantas libras y al final
para probarse como hombres. Al principio casi no saben bailar,
sus físicos y edades distan mucho de lo convencionalmente
exigido para este tipo de shows, pero ellos están dispuestos
a lo que venga.
Después del show deberán enfrentar las miradas
de todo Sheffield, porque al despojarse de sus ropas no se revelarán
con la inocencia de los recién venidos al mundo sino,
por el contrario, habrán de mostrar lo que el tiempo ha
hecho de ellos, y lo que ellos pueden -más allá
de todo sonrojo- contestarle al tiempo. Uno es negro y viejo,
el siguiente es muy gordo, otro es meramente cincuentón,
uno más es debilucho, casi ninguno sabe bailar y todos
se han quedado sin empleo. De cualquier forma, estos machos son
osados,
y sus familiares y vecinos ya pagaron entrada para presenciar
la epifanía del barrio. Ellos deberán sacudirse
como puedan y exhibir, frente a un galpón disfrazado de
club e hinchado de chusma, esa interrogante que son sus vergüenzas.
Si el despotismo del look y la proliferación de gimnasios
ya ha vuelto engorroso el otrora inocente pasatiempo de caminar
por la playa con un físico que diste de los que exhiben
en Play Boy, la distancia que separa a los desnudistas
de The full monty de los actuales protocolos
de la imagen es salvada por un grato tono de comedia.
Además, los salva del ridículo y la frustración
la distancia escénica, que permite leer esa temeraria
exposición en código de farsa.
En las villas proletarias como Sheffield, donde la imagen pública
(propia de los héroes
épicos y trágicos)
es inseparable de la imagen privada (más
afín a la comedia),
nadie tiene secretos, casi ninguno puede vivir hacia adentro,
y todo se vigila. Esa es la característica principal de
los melodramas; el constante atestiguar cada paso del prójimo
-como en las novelas de Dostoievsky- donde no es posible morir
o pervivir a solas, donde el menor acontecimiento cotidiano más
que vivirse se escenifica gratuitamente para un familiar o un
lugareño, donde casi nunca se sabe si se es protagonista
o testigo de algún barullento drama vecinal.
Pero incluso en esas poblaciones panópticas la convención
escénica permite una distancia, y el hecho de que medio
Sheffield pase por la taquilla para darse un showcito termina
resolviendo el melodrama latente en los tablones de la comedia,
que le quita a los protagonistas la ansiedad de
estar viviendo la desnudez de sus destinos al transformar
ese momento agónico en un evento pagado y gozoso.
Lo casi impensable sería poder narrar, dentro de un
contexto de este tipo, una tragedia. Y sin embargo, Adolfo Bioy
Casares lo había logrado hace más de cuarenta años
en su novela El sueño de los héroes. La
anécdota de Bioy
es a la vez simple y laboriosa. En ciertos carnavales del Buenos
Aires de 1927, el joven Emilio Gauna, junto a unos amigotes del
cafetín y un cierto doctor Valerga, se pierde durante
tres días en los carnavales. Amanece solo y sin recordar
lo que ha sucedido, en una cancha de fútbol abandonada
por los bosques de Palermo. Nebulosamente sabe que medio se enamoró
de una máscara y poco más recuerda.
Las pistas, luego,
dan a entender que el brujo Taboada torció su destino,
y más tarde se sabrá que gracias a la hija del
brujo, Clara, el protagonista salvó su vida. Gauna y los
suyos se mueven en un mundo de peluquerías, panaderías,
cafés, pensiones y billares exentos de misterio, el frugal
reino de la melancolía tanguera por ciertos días
idos, donde al parecer se compadreaba y se resolvían enojos
a cuchillo.
A Gauna, que se ha
casado con Clara sin sospechar que
ha sido su salvadora y prospera en un taller mecánico,
le
ha sido dada una vida sin sobresaltos. Y sin embargo,
Gauna quiere resolver el misterio de su amnesia, algo muy difícil
de lograr en un ambiente donde todos, como en cualquier barrio
o en cualquier pensionado, están alerta
a los pasos de todos. Y Bioy logra el prodigio, finalmente,
de hacer desaparecer tres años más tarde a Gauna
en unos nuevos carnavales y alcanzar, gozosamente, su final trágico.
El truco, bastante
notable, consiste en haber construido
un escenario melodramático para un protagonista que, oscuramente,
busca un final heroico. Es como si Gauna,
a tientas, se hubiera ganado el destino de otra novela, de
la novela que ensueñan quienes se quieren heroicos.
Sin testigos, sin escena,
Gauna se hará cargo de su final. Porque a diferencia del
melodrama, que vive de la gesticulación y del estrépito,
el momento trágico llega con
la dicha del silencio.
* Publicado
originalmente en Insomnia, Nº 18
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