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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



RESTAURADOR - VIOLLET-LE DUC, EUGÈNE EMMANUEL - AMOR - NOSTALGIA -

El primer restaurador*

Carlos Rehermann

Si esos arquitectos podían emprender tareas de restauración en Italia, donde las ruinas eran clásicas y neoclásicas, la arquitectura histórica francesa, predominantemente gótica, les resultaba un problema insoluble. Como consecuencia de su ignorancia, las intervenciones de restauración solían terminar en aparatosos colapsos

Fundador de la moderna disciplina de la Restauración, Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc jamás realizó una obra nueva; dedicó toda su vida a actuar sobre algunas de las más grandiosas construcciones de Occidente -las catedrales góticas, los monasterios románicos, los castillos feudales-. A pesar de que vivía en medio de un mundo hacía siglos desaparecido, sus escritos fueron enormemente influyentes para el desarrollo de las nuevas ideas arquitectónicas que darían origen al Movimiento Moderno.


Quiero emborrachar al corazón
para después poder brindar
por los fracasos del amor.

Enrique Cadícamo, Nostalgias

Nostalgia


En 1688, el médico suizo Johannes Hofer inventó una palabra para nombrar una enfermedad: nostalgia, el dolor por la lejanía de la patria. La enfermedad era producida por "una continua vibración de vitalidad a través de aquellas fibras de la mitad del cerebro en las cuales las huellas impresas de las ideas de la Patria aún persisten". La distancia no influía demasiado en la nostalgia: Hofer descubrió la enfermedad en un joven que había dejado su Berna natal para ir a estudiar a Basilea, distante unos 40 kilómetros. La nostalgia era la enfermedad más padecida por las tropas estacionadas en tierras lejanas; muchas veces, los médicos militares recomendaban un viaje de regreso al hogar para recuperarse de la "mirada aturdida, indiferencia hacia todo, imposibilidad de levantarse de la cama, silencio obstinado, rechazo de toda comida, demacración y marasmo", síntomas de la nostalgia definidos por el neurólogo Philippe Pinel.

La nostalgia ocupaba todavía un lugar en la lista de las enfermedades más padecidas por los soldados estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, elaborada por el Jefe del Departamento Médico del Ejército.
Aquella enfermedad del siglo XVII es hoy un estado normal de salud. Si bien en todas las épocas hubo llantos por los buenos viejos tiempos, durante los últimos ciento cincuenta años se desarrolló una verdadera ciencia de la nostalgia.
El fusilamiento de unas esculturas de piedra budistas en Afganistán ha recogido una curiosa unanimidad.

Es paradójico que, si se trata de obras de tan elevada significación, se les exija a los talibanes que no le den importancia y las dejen intactas. Los teólogos talibanes y los horrorizados conservadores de arte piensan y sienten de la misma forma: ambos grupos le otorgan a esas obras una enorme importancia. Tal vez, a favor de los talibanes habría que decir que ellos se lo toman mucho más en serio; los conservadores no toman en cuenta más que un cierto valor artístico o histórico; los talibanes, un significado.

La conservación de monumentos históricos -incluso su mera designación como tales- tiene una profunda relación con la nostalgia. Los gobiernos europeos de los últimos dos siglos tuvieron un rol en el fomento del culto al pasado, a través de diversas acciones de recuperación y conservación de la arquitectura de siglos anteriores. En Europa, desde el siglo XV comenzó a valorizarse el arte del pasado, y se iniciaron algunos trabajos puntuales de protección de antiguas construcciones, pero fue a mediados del siglo XIX, y particularmente en Francia, en torno al trabajo del arquitecto Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc, cuando la Teoría de la Restauración tuvo su acta oficial de nacimiento.

Revolución, Imperio, Restauración

En 1789 se inició en Francia un importante proceso de demoliciones: la Bastilla, antigua fortificación medieval parisina empleada como cárcel para presos políticos, fue tomada por la multitud; a los dos días se comenzó a desmontar piedra por piedra hasta su completa desaparición. Bastilla es un término antiguo que proviene del verbo francés bâtir, construir. Tal vez esta etimología dio a los revolucionarios la idea de utilizar la demolición y el maltrato sistemático a ciertos edificios como una forma simple y poderosa para encauzar la energía que estaba estallando: la primera desconstrucción también fue francesa.

Los bienes de la Iglesia fueron confiscados, y una buena parte de ellos demolidos. La más grande construcción monástica de todos los tiempos y de todas las tierras, la abadía de Cluny, fue eliminada hasta los cimientos; otros edificios religiosos fueron empleados como depósitos
(la Sainte Chapelle de París sirvió para almacenar harina), establos o mercados techados (como la iglesia abacial de Saint Denis, donde el abad Suger dio origen al primer estilo gótico durante el siglo XII). La catedral de Notre Dame de París fue puesta en subasta para su demolición, pero no hubo interesados; demasiado trabajo, o tal vez la profanación habría sido tan grande que inspiró temor aún a los más agnósticas.

Cuando en 1801 Napoleón y Pío VII firmaron un acuerdo para restituir al culto católico las iglesias profanadas, comenzó un proceso de redefinición del valor simbólico de los edificios antiguos. La primera restauración ordenada por Napoleón fue la de la iglesia abacial de Saint Denis. Se trataba, sobre todo, de un símbolo: allí habían estado las tumbas de todos los reyes de Francia, buena parte de las cuales desaparecieron durante los saqueos revolucionarios.
Pocos años más tarde, durante el reinado de Luis Felipe, se creó la Inspección General de Edificios Históricos. Su primer titular fue Ludovic Vitet, un hombre proveniente de las letras.

La cuna de Viollet

En 1825, Victor Hugo había escrito un exabrupto contra los restauradores: Guerre au démolisseur. Los demoledores que atacaba Hugo eran en realidad restauradores, arquitectos contratados para reconstruir edificios históricos interminados o parcialmente destruídos.

Los arquitectos de entonces recibían una formación clásicista; estaban perfectamente capacitados para hacer lo estéticamente correcto, dictado por una tradición académica que sólo consideraba dignas de atención las obras de Grecia y Roma. Pero si esos arquitectos podían emprender tareas de restauración en Italia, donde las ruinas eran clásicas y neoclásicas, la arquitectura histórica francesa, predominantemente gótica, les resultaba un problema insoluble. Como consecuencia de su ignorancia, las intervenciones de restauración solían terminar en aparatosos colapsos, o, en el mejor de los casos, en modificaciones atroces del edificio, según el limitado saber de los técnicos.
Vitet decía en 1837: "En restauración, el primer e inquebrantable principio es no innovar. [...] No hay que corregir la irregularidad, ni alinear las desviaciones, porque la irregularidad, la desviación y los defectos de simetría son hechos históricos llenos de interés".

La misma curiosidad arqueológica que movía los ladrones oficiales a secuestrar y robar las antigüedades de las colonias
(y de casi cualquier país donde tuvieran una embajada), mostraba Vitet para defender la reparación antes que la corrección de los monumentos. Las huellas del pasado tenían ya dos clases de valor: artístico y arqueológico. Tanto los coleccionistas británicos y franceses de ultramar, que llenaron los museos metropolitanos con obras extranjeras, como los conservadores locales, intentaban ampliar el catálogo de "obras valiosas"; si no era por su calidad artística, había que conservarlas por sus valores históricos.
Vitet era muy amigo de Prosper Mérimée, que sería su sucesor en el cargo de inspector. Ambos intelectuales solían reunirse los sábados en la casa de Étienne-Jean Delécluze, antiguo alumno de pintura de David, crítico de arte en el Journal de débats y tío materno de Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc.

Eugène-Emmanuel asistía a esas reuniones durante su adolescencia, época en la que tomaba clases de dibujo. Su padre era funcionario de la corona, y otro tío suyo, que vivía en el mismo edificio, era pintor. En su casa se recibía los viernes, en sesiones de poesía a la que concurrían numerosas personalidades de la cultura. En este ambiente, que algunos definen como progresista a partir del dato de que la mayoría de los asistentes a las veladas colaboraban con el diario saintsimoniano Le globe, creció Viollet, desarrollando un marcado rechazo hacia la Academia, que sostuvo con valentía hasta su muerte. Este rechazo habría marcado el fracaso de cualquier intento de trabajo de Viollet, de no haber sido por las relaciones de su padre con la realeza
(el propio Luis Felipe admiraba las dotes de dibujante de Eugène-Emmanuel) y de sus amigos Vitet y Mérimée con el Imperio, que le permitieron acceder al centro de la acción.
El caso francés era único. La destrucción de la arquitectura gótica había convertido el territorio, en palabras de Viollet, "[...]en una inmensa obra de demolición".
Eugène-Emmanuel dedicó su vida a poner en orden esa cantera. Sin habérselo propuesto, al cabo de treinta años de labor había inventado la profesión de Restaurador.

Nuevos usos para edificios antiguos

Viollet escribió mucho durante toda su vida. Sus primeros escritos se referían al problema, entonces en boga, de cuál era el estilo adecuado para el siglo XIX. Muchas veces la discusión giraba en torno a qué estilo del pasado se adecuaba más a tal o cual programa arquitectónico: a una iglesia le convenía la elevación del gótico; a un banco, el equilibrio majestuoso del griego; a un palacio de gobierno, la severidad del romano; para una mansión privada, el esplendor renacentista. Pocos parecían tomar en cuenta que tal vez había que dejar libre el espíritu de los tiempos que corrían.
A mediados del siglo se había desarrollado enormemente los sistemas de construcción con hierro, y Viollet fue uno de los primeros arquitectos que defendió los nuevos materiales. La arquitectura debía aprovechar el avance en las ciencias.

Viollet decía que en los tiempos modernos, la arquitectura se acerca más a la ciencia que al arte. Consideraba que la arquitectura debía permitir que el sistema constructivo se expresara libremente. Su visión, aunque anterior, era más sofisticada que la de Adolf Loos, que calificaría el ornamento de delito: en sus escritos pedía "la alianza de la forma con lo necesario". Insistía en la necesidad de crear un estilo propio del siglo XIX, ya que "poseemos inmensos recursos proporcionados por la industria y la facilidad de transportes". Le pedía a los arquitectos que abandonaran su obsesión por hacer fachadas que parecieran romanas, góticas o renacentistas; de esa forma, decía, "nada nuevo y vivaz puede dimanar".
Pero si Viollet reclamaba esa actitud revolucionaria para la nueva arquitectura, él mismo no pudo escapar de la fascinación del pasado. Dedicó su vida a actuar sobre edificios antiguos, y nunca hizo una obra nueva.

Su primer gran trabajo fue la restauración de la iglesia abacial de Vézelay, un ejemplo tardío del románico. La reconstrucción de las bóvedas de crucería lo obligó a estudiar en profundidad temas de estabilidad de las construcciones que prácticamente eran ignorados en la formación académica de aquellos tiempos. El ingenio, la claridad conceptual y la enorme dificultad de realización de las obras medievales subyugó a Viollet, y lo convenció de que aquellos constructores habían encontrado un sistema absolutamente racional, en el que la forma era producto de una necesidad mecánica y constructiva.
Luego participaría en la restauración de la Sainte Chapelle de París y en la iglesia de Saint Germain L'Auxerrois, asociado a Jean-Baptiste Antoine Lassus, con quien se presentó al concurso para la recuperación de Notre Dame de París. Entre 1844 y 1864 Viollet realizó los trabajos de restauración de esta catedral. Hacia 1850 llevaba realizada una treintena de trabajos de recuperación.

Esta experiencia, que abarcaba el análisis, la propuesta teórica, el proyecto y la dirección de obra, convenció a Viollet de que el estilo gótico era la expresión artística más puramente francesa, que obedecía a severos principios racionales.
Las bóvedas de crucería son, efectivamente, un invento francés, que se desarrolló a partir del siglo X, pero que se llevó a la mayor pureza formal y constructiva dos siglos más tarde. Este sistema de techumbre, que se obtiene de intersecar dos bóvedas, genera aristas que permiten que todo el peso del techo descargue sólo sobre cuatro puntos. En una bóveda, en cambio, el peso cae sobre dos líneas. Convertir un apoyo lineal en uno puntual supuso que los muros debajo del techo pudieran ser completamente trasparentes, lo que produjo interiores iluminados y llenos de color. Color, como se verá, que Viollet nunca quiso ver.

Viollet redactó diez tomos de una Enciclopedia Razonada de la Arquitectura, que cubre la historia de la construcción entre los siglos XI y XVII. Dos entradas son tal vez las que más interesan hoy en día: Construcción Medieval y Restauración. Ambas fueron las áreas centrales de su actuación profesional.

La teoría de Viollet sobre el funcionamiento estructural de las bóvedas góticas fue muy pronto criticada por los ingenieros. A pesar de que sus realizaciones, que siguen su teoría de las estructuras, son la mejor prueba de la certeza de sus afirmaciones -un siglo y medio después de sus trabajos, todas las obras siguen en pie, firmes y sin fisuras-, hubo un período de furia técnica contra sus ideas. En 1934, un libro de Pol Abraham atacaba las tesis estructurales de Viollet, empleando los por entonces más recientes métodos de análisis de resistencia de materiales y mecánica estática.

A pesar de ser un libro sobre la estabilidad de las construcciones, el tono apasionado de Abraham, su evidente desagrado por la personalidad de Viollet, llaman la atención y hacen pensar en un rechazo ideológico antes que científico.
Recientemente, mediante un método llamado de elementos finitos, asistido con herramientas informáticas, algunos especialistas han concluído que, salvo algunos detalles muy secundarios, las teorías de Viollet acerca del funcionamiento estructural de los edificios góticos son acertadas.

En cuanto a la restauración, Viollet estaba en franca contradicción con los medievalistas ingleses, en particular con Ruskin y su mística de la ruina absorbida por la Naturaleza. Consideraba que había que encontrar nuevos usos para los antiguos edificios, puesto que un edificio sólo puede tener vitalidad si trasciende la monumentalidad, si le ofrece a las personas lo que le da sentido a la Arquitectura: la posibilidad de usarlo.

Dolor por el futuro inalcanzable

A pesar del amor que sentía por el gótico, Viollet le fue infiel. La nostalgia es el dolor por la falta de la patria, pero sólo en parte producido por lo que se ha perdido; duele lo que se sueña; duele, sobre todo, la falta de futuro. Si la motivación de Ulises era la nostalgia de Ítaca, bien se podría pedir un segundo tomo, el de Ítaca encontrada. Pero la felicidad es un final, nunca puede incitar al relato.

La restauración es también el relato de lo que quisiéramos haber sido, una clave para que el futuro nos trate con el mismo respeto y admiración que en el presente dedicamos al pasado, aunque no sea absolutamente fiel a lo que somos.
Viollet se resistió a pintar las iglesias que restauraba. Él bien sabía que los hombres de la Edad Media eran adictos al color: todo lo pintaban, lo llenaban de rojos, dorados, azules, verdes brillantes; los techos, de un azul profundo, estaban tachonados de estrellas, soles, lunas, planetas y monstruos míticos; las paredes representaban paisajes, palacios, escenas campestres, vidas de santos. En el interior de una catedral gótica había permanentemente un carnaval de colores, un abigarramiento de formas casi incomprensible; sobre los muros pintados se proyectaban las imágenes que el sol producía al atravesar las vidrieras coloreadas. Nunca antes, y tal vez nunca después, hubo tal orgía para la visión.

Pero Viollet era un hombre del siglo XIX, uno de los inventores, además, de la idea de funcionalismo. ¿Para qué colorear una obra tan espléndida? Que hablaran las piedras y la viguería de madera; el color no era necesario.
En toda su obra escrita, Viollet insistió en la necesidad de estudiar profundamente la historia y la arquitectura del pasado, para lograr intervenciones fieles al pensamiento de la época. Fue estricto al aplicar sus principios constructivos, que le permitieron poner en pie obras extraordinarias, cuyos secretos constructivos se habían perdido. Pero su gusto burgués prevaleció ante aspectos del pasado que le resultaban incomprensibles y aún repugnantes, como la pintura de los muros y columnas.

La Restauración será siempre un oficio lleno de trampas, cuya primera víctima es el propio restaurador. Cegado por la pasión, el restaurador no es capaz de percibir la verdad -¿quién puede ver el verdadero rostro de su amante?-. Con el sentimiento de poder que otorga el amor, el restaurador se siente Demiurgo: puede cambiar el pasado para que sea verdaderamente lo que debía haber sido.


* Publicado originalmente en el Semanario Brecha

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