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LABERINTO - CULTURA - OBRA - DÉDALO - ESPACIO -

Prisión, tesoro*

Carlos Rehermann

El laberinto, la Obra humana -la cultura- inspira pavor o promete la dicha. Todo depende de quién sea el que se enfrenta a ella

 

En contra de la opinión predominante, salir de un laberinto es extremadamente sencillo; instrucciones: 1.apoyar la mano derecha en la pared de la derecha 2. Avanzar manteniendo siempre la mano en contacto con la pared. Más tarde o más temprano se encuentra la salida. Pues los laberintos son espacios cóncavos, limitados, cerrados; los corredores, como el río Meandro, que parece unas veces avanzar, otras retroceder, según informa Ovidio, no son sino complicaciones que no cambian el carácter cerrado del espacio laberíntico.

De manera que, recorriendo toda su pared interior, inevitablemente se llegará a la salida.

El caso es que los laberintos no siempre están en el mundo para salir de ellos. Para el Minotauro es una prisión, pero para Teseo, una meta. Uno busca la libertad, otro la fama.

Encontrar una salida o encontrar un camino hasta el tesoro no son en absoluto equivalentes, por más que los caminos recorridos sean los mismos. Querer salir implica sentirse preso; querer entrar significa sentirse capaz.

Uno de los atributos básicos del laberinto es el hecho de ser obra humana. En el mito los laberintos son invariablemente artificiales, y no solamente artificiales, sino obras de insuperables maestros constructores. Dédalo era “el inventor de las imágenes”, creador de figuras portentosas que parecían vivas (él mismo peleó una vez contra una de sus estatuas, creyéndola humana). De modo que la obra laberíntica es típicamente la Obra humana, ingenio plasmado en la materia.

El laberinto, la Obra humana -la cultura- inspira pavor o promete la dicha. Todo depende de quién sea el que se enfrenta a ella.

Muchas obras fundadoras -particularmente dentro de la literatura- tienen una estructura laberíntica: La Divina Commedia, de Dante, es el caso más evidente. Pero las idas y venidas de Ulises, o los avances y retrocesos del ejército sitiador de Troya, o las aventuras de Eneas, los juegos de Chaucer con y desde el laberinto, o el círculo posmoderno de Cervantes,
(que en la segunda parte de Don Quijote hace intervenir a un lector de la primera, que obliga al protagonista a seguir un argumento escrito por el lector dentro de la escritura del escritor), son ejemplos de tratamiento laberíntico de la materia literaria.

Casi cada hito de la cultura humana es un laberinto. Algunas de estas obras, conscientemente elaboradas como arranque de una tradición, se autoimponen el laberinto como manera de desafiar un devenir promisorio pero a la vez lleno de incertidumbre.

Es atroz el miedo de quienes sólo pueden ver en la cultura el dispositivo maligno, la trampa para los sentidos, el perdedero. Admirados en secreto del arte del Arquitecto, sienten temor por la Obra, y por lo tanto la niegan, la evitan, la convierten en tabú, prohiben su mención. Medran, temerosos, los que garantizan desde el principio que no hay nada que temer, porque los caminos que se han de recorrer son conocidos, seguros y completamente libres de alimañas. Gente para la que el mundo resulta claro y evidente; gente que, colocada en el Bien, sabe con certeza dónde se encuentra el Mal. Gente amable, solidaria, inocua.


* Publicado originalmente en Insomnia Nº 71

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