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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



URUGUAY - HERRERA Y REISSIG, JULIO - ACUÑA DE FIGUEROA, FRANCISCO - LAUTRÉAMONT, CONDE DE - RODÓ, JOSÉ ENRIQUE - ARIEL -

Orientales: Uruguay a través de su poesía (IV)*

Amir Hamed
Si bien la poesía de Julio Herrera no escapa a ninguna antología y es canónicamente enseñada en primaria y secundaria, la obra convencionalmente recuperada dista de ser la del Julio Herrera decisivo. Con respecto a los aparatos de reproduccón ideológica del Estado, Herrera y Reissig permanece ilegible


Fedra Molocha (Herrera y Reissig)

Para las serializaciones literarias, la posición de Herrera y Reissig ha ido variando con el correr del tiempo. Si en un primer término se lo colocó como un modernista tardío, a partir del reconocimiento e incidencia que en Hispanoamérica tuvo entre importantes poetas de vanguardia, como Vallejo, Neruda, Borges o de ajenos como García Lorca, su posición fue corriéndose hacia la de pre-vanguardista a post-modernista. Esta delimitación vectorial, si bien exhibe su "rareza" lo aleja de su verdadero margen de diferencia. Para decirlo de otra manera, ha sido una notable víctima de las periodizaciones. Si podemos estirar en algo el argumento de Hahn, lo que debería percibirse en su poesía es una hipertelia, es decir, un más allá del fin pretendido por las vertientes de la época. En él confluyen, sin duda, enormidad de corrientes poéticas que han sido marcadas por la crítica, desde la recuperación del barroco, la asunción del simbolismo y el decadentismo europeo, del modernismo como era barajado, sobre todo, por Darío y Lugones, pero al privilegiar una territorialización exclusivamente cronológica, Herrera queda afectado a una posición estrictamente de precursor o de epígono.

Recién ahora puede comenzar a advertirse -como sugiere Eduardo Espina- que debería encontrarse en Herrera al primer equivalente, en lengua castellana, de Mallarmé, parangón no sólo advertible en su privilegio (explicitado en sus ensayos de crítica literaria) a la opacidad del signo, sino también en el hecho de que, para la época, fue Herrera el primero en concentrarse firmemente el valor trabajo de la obra, al decir de Barthes, por encima de su valor de cambio. Esto que es fácilmente comprobable en su correspondencia epistolar (Herrera medía en meses el tiempo que le llevaba lograr un adjetivo) no deja de ser manifiesto en su obra. Si se repasan sus poemas largos, desde "La vida", pasando por "Desolación Absurda", por ejemplo, hasta llegar a la "Torre de las esfinges", el más distraído estará en condiciones de verificar que su obra fue una paciente tarea de reescritura.

Reposicionar al poeta de este modo sería liquidar el mencionado surplus o hipertelia. Herrera ha sido opaco a los planteamientos de la crítica en infinidad de aspectos. Si ya en su época se lo acusaba de torremarfilista, actitud que el mismo poeta excitaba y parodiaba al denominar "Torre de los panoramas" a una buhardilla que excluía el acceso a los "uruguayos", de hecho el poeta dedicó buen tiempo y energías a criticar la sociedad y cultura de su época. Esta actitud altiva lo llevó a burlarse de la política de fusión entre blancos y colorados (en su Epílogo wagneriano), de los libros de Rodó (como hiciera con respecto a El que vendrá) o en escritos que recién comienzan a editarse y que pueden a ayudar a renovar la óptica sobre su obra. En "Los nuevos charrúas", un ensayo recogido parcial y recientemente en forma de libro bajo el título de El pudor y la cachondez, Herrera establece una doble crítica: una con respecto a la moral y erotismo burgués, que condenaba a la abstinencia premarital para canalizarse en la procreación, y otra crítica en en relación a un erotismo "bárbaro": sin mitigar ningún elemento, Herrera hace mención a un erotismo zoofílico propio de una sociedad pastoril, que no es ajeno ni a hombres ni a mujeres. Pasa así revista, en el caso de la campaña, a "casos" de mujeres y perros, etc. etc. En este entorno discursivo se hace la obra poética de Herrera y Reissig y en relación a él hay que delimitarle al poeta un margen más apropiado que el otorgado hasta el momento.

Desde Real de Azúa ha sido establecido por la crítica que el novecientos presenta una compleja demografía literaria, en la que distintos movimientos confluyen y antagonizan, desde el positivismo, el modernismo dariano, ideas políticas socialistas o el mencionado criollismo. También ha sido marcado que las grandes figuras mantuvieron entre ellas una prudente distancia. Más aún, en algunos casos, la relación fue de tirantez: si bien no entraron en conflicto directo, personalidades como Herrera y Reissig y Rodó parecen haberse dado un trato irónico. Alguna famosa polémica, como aquella que iniciaron los seguidores de Herrera, solicitando del gobierno una beca para que el poeta viajara a Europa, parece, por lo menos, exhibir una calculada distancia por parte de Rodó, quien abriera tangencialmente el fuego de esta querella al promover una beca para Florencio Sánchez, que fuera concedida por la administración batllista. Si bien hay versiones de que Rodó negó su apoyo de manera explícita una vez comenzada la polémica (que duró meses y que fue lanzada en periódicos), lo que se puede establecer con seguridad es que, al mantener un silencio oficial, negó al poeta su favor. Dado el respeto intelectual tributado a Rodó en la época, como señala Monegal (Número) una intervención del ensayista hubiera inclinado la balanza a favor del poeta.

Tal polémica, y los argumentos que se utilizaron en favor y en contra, exhiben lo agitado del ambiente y lo conflictivo de los discursos en boga, que apuntaban cada cual hacia distinto centro. Como se sabe, el racionalismo alfabetizador y civilista de Batlle, amparado en trabajadores y una pequeña burguesía de origen inmigratorio, unificó el país. Si una figura intelectual parecería coincidir con el proyecto, ésta es la de Rodó. Con respecto al mencionado conflicto entre ciudad y territorio, basta observar que la propuesta unificadora de Ariel, en torno a un "espíritu" mediterráneo, observa coincidencias con respecto a la migración que ininterrumpidamente llegaba al puerto de Montevideo, pero que mantenía al margen al componente todavía oral y seminómade de la campaña.

No hay en Ariel, verdaderamente, "ínclitas razas ubérrimas" y "su América", como es bien sabido, difiere bastante de la de Martí. No obstante, Rodó, con su propuesta "latinoamericanista" logró desviar el impulso más torremarfilista de Darío, y éste, radicado en Buenos Aires, acusó recibo. Si bien Darío no se apeó de su confesión liminar en la que convivían manos de marqués y sangre chorotega, el nicaragüense pasó a tomar una actitud más militante, a cantar la modernización de Buenos Aires Cosmópolis, es decir a escribir su tiempo con menos negatividad que esperanza. Pero en su propia ciudad, Rodó pareció producir el efecto opuesto en Herrera, quien intensificó su apartamiento y la oscuridad de su poesía.

Las consecuencias de esta discrepancia se mantienen hasta el día de hoy. Si bien la calidad indiscutible del poeta lo mantuvo como uno de los clásicos uruguayos, la insistencia racional de Rodó y del batllismo no logra recuperarlo en su plenitud. De este modo, si bien la poesía de Julio Herrera no escapa a ninguna antología y es canónicamente enseñada en primaria y secundaria, la obra convencionalmente recuperada dista de ser la del Julio Herrera decisivo. Con respecto a los aparatos de reproduccón ideológica del Estado, Herrera y Reissig permanece ilegible.

Y tal vez esa ilegibilidad se deba a que, hasta el momento, no se ha asumido en plenitud la complejidad discursiva del lenguaje uruguayo/oriental, complejidad de la que Herrera no sólo es una suma sino, además, el centro magnético al que incansablemente remite buena parte de la poesía uruguaya.

Esa complejidad es el punto de hipertelia que suele tener para la crítica. La sensibilidad del poeta con respecto a sus contextos lo hacía ser especialmente receptivo hacia su derredor y, militantemente impulsar en conferencias un encuentro entre el sustrato oral o "gaucho" y la poesía "moderna" de entonces. De no tomar en cuenta la influencia del aparato racionalizador del batllismo, del que difícilmente escapa un uruguayo, debería causar asombro que un crítico tan alerta y defensor de Herrera y Reissig como Rodríguez Monegal considerase que este proyecto no fue concluido. O causaría alguna frustración que Idea Vilariño, quien tan metódicamente analizara la obra de este poeta, cuando da cuenta del uso, por parte del poeta de la Décima Espinela, no insistiera en contextualizar el hecho, para darle una nueva relevancia cultural.

Más arriba hemos señalado la existencia de tres diferentes lenguajes, formantes del decir literario uruguayo. Lo que es fácilmente demostrable es que estos tres lenguajes confluyen en la poesía de Herrera. De apreciarlo, podríamos entender el motivo por el cual se ha señalado que Herrera es un vanguardista o un surrealista avant la lettre o, modificando el aserto, más acá de la letra. Hacia la orilla desde la que se escribe, donde la escritura es un tímpano receptivo a toda influencia, todo llega para conformar un lenguaje heteróclito, donde la neologización parece un recurso más para enmascarar el choque de lenguajes que hace explosión en sus versos. Si ya en la prosa profana de Darío aparecía inscripto el juego de una referencialidad desviante, donde las palabras eran signos de signos -y no de cosas-, a Herrera todo llega en guisa de carnaval.

Su obra más fuerte puede reconocerse como una perpetua pascua del tiempo. Significantes heterogéneos comparecen para bailar la asombrosa y funambulesca musicalidad de sus poemas.

En este gran festival de la escritura, la jerga de los inmigrantes, que desembocará en el tango, aparece consignada repetitivamente en la sorna con la que sus poemas dejan caer las voces extranjeras ("se abrió tu mano de musmé prolija") o se complacen en la metadiscursividad de los "Sonetos vascos": "Ruge el viejo Pelayo sus morriñas tremendas,/Y sus <<jos>> y sus erres desenfunda a destajo". La heteroglosia siempre provoca divertimento y en "El jefe negro", con pretexto de guerra vasca introduce palabras de guerra cercana: "El cáliz, y con chumbos La Custodia sagrada".

La gesticulación de la gauchesca comparece en su "babilonia interior" y el festejo de la rima que consigue extranjerizar o exotizar los vocablos, estalla: "Haz que entre rayos celebre/su aparición Belcebú/y tus besos de cauchú/me sirvan sus maravillas/al modo de las pastillas/del Hada Pari-Banú".

La traducción es una de sus instancias fuertes, y esto debería ser de una vez bien establecido. Para un poeta que no viajó, su lugar "montevideano" venía a ser explicitado por diversas vías. De esta forma, si a Darío le diera la receptividad para capturar el gesto montevideano de Lautréamont y ubicarlo en Los raros, el precedente llega a Herrera con gran oportunidad y confort. Si Ducasse-Lautréamont fue uno de los maestros del enmascaramiento, disfrazando el yo en diversas instancias enunciativas, esa multivocidad reaparece en Herrera como en nadie de su época. Si la ironía fue distintiva de Ducasse, no lo fue menos de Laforgue, quien no solo escribió burlándose de las tópicas establecidas sino también con una autoironía infrecuente para la lírica de su época. Si Laforgue aparece en Lugones y su "Lunario sentimental" es en la "Tertulia Lunática o Torre de las Esfinges" donde hace explosión, como pasamos a ver.

Herrera producía a "mil quimeras del mapa". Si había declarado su intención de "escribir para París", su obra marca lo irónico e imposible del gesto. Así la "tertulia" se autodefine como una "sicologación morbo-panteísta". En el comienzo del poema, todos los elementos se preparan para una comunicación erótico-mística. La luna, figura laforgueana no sólo es fácilmente rastreable sino medible en su poder como intratexto. Si en Laforgue es la luna de provincia, dilettante y a todos los climas común, en Herrera se despliega como una pantalla, como el reverso o como espejo macrocósmico de la página en blanco. Emblema femenino, el redondel lunar se abre como la única posibilidad de comunicación en la lobreguez provincial de la montevideana noche de Herrera. Pero esa figura femenina se va transformando en un icono torturante, fedra molocha, caína, miasma de fulguración. Como musa o numen, como correspondiente en el coito, la pantalla se derrumba y el poema termina en afasia. Si Laforgue concluía, con una medida ironía, asumiendo la propia incapacidad de comunicarse, su gesticulación de funámbulo y de "pierrot lunar", en la última percepción de la luna con el "algodón en los oídos", su connacional Herrera, viviendo su exilio lunar desde el otro borde, agrega su hipertelia.

La "tertulia" termina aquí en la afasia y en la asunción de la omnivoracidad del poema -que retoma el viejo desafío gauchesco: "Y juro por la selecta/ciencia de tus artimañas/que irá con artes hurañas/ hacia tu esplín cuando muera/mi galante calavera/ a morderte las entrañas".

Si la luna no lo escucha, se la comerá. Este gesto antropofágico, que precede, por supuesto, al de Oswald de Andrade, transfigura a la figura de la segunda persona, al "tú" de la lírica, en un pedazo de queso o carne a ser devorado póstumamente. La escritura no se resigna, devorará lo que Octavio Paz llamaba la "carne de la escritura". Esta otra luna es la luna de su margen. Observa Guillermo Sucre que si la armonía dariana abarca por igual al "tú" y a la escritura, revelando una confianza en la comunicabilidad, en Herrera la escritura y la figura erótica aparecen desestabilizadas.

Habría que agregar que en Herrera la armonía está rota precisamente, por su gesto acumulativo. A la "vida", se le agrega la posibilidad de su gemelo oscuro, la muerte. La noche irrumpe bifurcada o agonística y ahí el yo se pierde y parte : "En el eco que refluye,/Mi voz otra voz me nombra;/ y hosco persigo en la sombra/ mi propia entidad que huye". Es el eco ese surplus, esa adición que al regresar, como un boomerang, corta todo. Ya Idea Vilariño había señalado que la repetición en el cuarto verso de la espinela acentuaba la sensación de corte, de algo trunco. La misma luna difiere de la laforguiana, porque es una luna "oriental" : "La luna de plafón chino/prestidigita en su riesgo/la testa truncada al sesgo/de algún Cuasimodo chino". La poesía y la luna, en su gesto integrador, producen un formidable movimiento de fuga, de redireccionamiento. El "sueño de oriente" revierte y corta al sesgo la pretensión de identidad.

Deleuze y Guattari señalan que en este continente los puntos cardinales se revierten y que, para América, el Oriente se descubre, precisamente, en contravención a la dirección Europea. Si, probablemente, los ensayistas franceses tienen como punto de referencia a los Estados Unidos, se podría aquí señalar que el ejemplo vale para el caso "oriental". Condenado a reinventarse los orígenes, Herrera huye y hace del territorio, como pretenden Guattari y Deleuze, un cruce de puntos de fuga. Lo oriental remite a un corte previo, a un sajarse de la banda, sin precedentes literarios firmemente establecidos, apenas articulados en la irrisión de unos "nuevos charrúas".

La búsqueda y fuga, que fragmenta la voz lírica y trunca el lugar del "tú", se dispara hacia distintos orientes
(o se desorienta) y queda atrapada en la sintaxis de la décima, que es el metro de la gauchesca. La "tertulia", además de un poema hiperexótico (porque es exótico o bizarro el lugar discursivo desde el que se produce) es una afinadísima milonga. Cruza la misma gramática de lo popular con el refinamiento del decadentismo. Logra, por tanto, un erotismo innovador para la lengua poética del momento, y pone de manifiesto, a su vez, las curiosas coordenadas desde que se produce.

Proveniente de un contexto de enunciación diferente, no es problema para la poesía de Herrera conquistar el territorio del cuerpo -que había sido incansablemente reclamado, para la escritura, por la gauchesca. Recientemente Eduardo Espina ha señalado que es Herrera el primero en desescribir, en La vida, la transida y fatigada retórica amatoria europea; de esta manera se abre la escritura "como un libro erótico", al tiempo que la amada reclama, al torrente verbal su "penetra en mí, Julio mío", con inusual sencillez. Pero la complejidad del ideologema, de la matriz conflictiva desde la que se produce el poema se revela en el remate mismo de La vida: "Mas, ¡ay! de pronto, mi amada, lanzando una maldición, trocóse, como a un conjuro/en un caballero oscuro,/ el cual con una estocada/ me atravesó el corazón."
Este "oscuro caballero" parece comparecer desde una distancia discursiva más cruel, como si viniera desde el otro margen que, en 1903, fecha en que se remata el poema, sitia Montevideo. Una suerte de gaucho malo, o de mandinga, que es la contracara de la escritura exotizante modernista, el otro punto de fuga hacia el que dispara la escritura de Herrera. El doble polo que tironea la ciudad hacia París y el mar de Lautréamont, y hacia la entraña del territorio hace de la poesía de Herrera una deslumbrante "refalosa" donde chapotean los signos. Fuga el yo, fuga la luna; ese doble magnetismo se mantendrá a lo largo del siglo en la cultura uruguaya.

El lado oscuro del luminoso Ariel aparece ya en la escritura nocturnal y caníbal de Julio Herrera. Una "salvaje ventriloquia de Congo" que el poeta inscribe en le corazón del discurso racionalista que se habrá de imponer en las siguientes décadas. Desde su escritura tirante -desde lo que afirma y desde lo que niega- se puede hacer desfibrar un siglo de poesía. Delmira Agustini habrá de escribir desde el "tú" bizarro y salvaje inaugurado por Herrera. Por otra parte, otra figura femenina como Susana Soca, publicará La Licorne, su revista, indistintamente, en París y en Montevideo, y en París, para citar otro ejemplo hará la suya y "latinoamericana", Mundo Nuevo, Rodríguez Monegal.

 

(sigue)

 


* Publicado originalmente en Orientales: Uruguay a través de su poesía (Montevideo: Graffiti, 1996)

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