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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



GUERRA - MOVIMIENTO MODERNO - NIXON, RICHARD - KRUSCHEV, NIKITA -

Hogar en guerra*

Carlos Rehermann

El 24 de julio de 1959, las agencias noticiosas de todo el mundo difundieron las fotos de ambos gobernantes discutiendo animadamente ante el símbolo de la victoria del capitalismo sobre el socialismo: un lavavajillas. Desde las fotos, Nixon explicaba a un atento Kruschev por qué los americanos son mejores

Al principio fue Europa

El historiador británico Eric Hobsbawm fijó el final del Siglo XIX en 1918, cuando terminó la Primera Guerra mundial. Para lo que quedó del Siglo XX (que, con el criterio de Hobsbawm, terminó con la caída de la Unión Soviética, en 1991) el período de veinte años entre el final de la Primera Guerra y el comienzo de la Segunda fue notablemente dinámico.

Europa (especialmente la cultura de habla alemana) sentó las bases de nuestra civilización obsesionada por el consumo, a través de lo que suele denominarse Movimiento Moderno, un conjunto de conductas y criterios de juicio que convirtieron lo que antes se llamaba “moda” en una ética. La escuela alemana de diseño Bauhaus estableció las pautas para la programación de líneas de producción de objetos de consumo; el propagandista suizo Charles Jeanneret (también conocido como Le Corbusier) enmarcó la práctica de la arquitectura según unos criterios de funcionalidad e higiene, en busca de público (es decir clientela) masivo ; y el industrial estadounidense Henry Ford creó la infraestructura que haría posible la comercialización de todo ello a precios accesibles.

Esos veinte años entre dos masacres cambiaron los modos de aceptar o rechazar afectivamente nuestro entorno cultural, es decir, el gusto. El Movimiento Moderno fue tan importante y decisivo para el cambio de las prácticas culturales occidentales del Siglo XX, que aun estamos inmersos en las estribaciones de la Posmodernidad. El sólo hecho de que la Academia, tan prolífica en denominaciones, no haya podido bautizar nuestra época con un término autónomo de “moderno” (posmoderno, tardomoderno, hipermoderno, modernidad líquida, etcétera) indica la potencia de aquellas ideas y de sus correspondientes prácticas.

El Movimiento Moderno fue un producto europeo. Si Estados Unidos marcaba su presencia era porque recogía algunos postulados, presentaba algunos diseñadores notables (como Frank Lloyd Wright) o impresionaba con el atrevimiento de sus rascacielos. Pero no fue sino hasta después de la segunda Guerra Mundial que Estados Unidos encontró su camino a la cabeza de la cultura del diseño.
 

Un matrimonio americano

Charles y Ray Eames fueron arquitectos y diseñadores, quizá unos de los más influyentes del Siglo XX. Su trabajo con madera laminada y moldeada y con plásticos inyectados cambió el aspecto del planeta. Las sillas de plástico apilables y los sistemas de mobiliario de oficina (especialmente los que diseñaron para la firma Herman Miller) han invadido los ambientes habitados de todo el mundo. Su primer trabajo fue típicamente estadounidense: eran diseñadores y constructores de estudios de filmación, los preferidos del director Billy Wilder, debido a que en pocas horas, y con los materiales disponibles en los galpones (deshechos, siempre deshechos de producciones anteriores), eran capaces de construir lo que especificaba el libreto más exigente.

La guerra permitió a Charles hacer fortuna, puesto que inventó un sistema de férulas de madera laminada que salvó miles de vidas de soldados con heridas en las piernas. Hasta la introducción de su férula, muchos soldados con heridas relativamente benignas terminaban perdiendo un miembro o la vida por causa de infecciones ocasionadas por material médico inadecuado.

En 1949 los Eames presentaron al mundo su propia casa, construida con vigas de hierro —como los rascacielos de Chicago y Nueva York—, en un estilo geométrico despojado —tomado del europeo Mies van der Rohe (que había sido el último director de la Bauhaus)—, y en un terreno de la costa californiana, con grandes desniveles y repleto de eucaliptus gigantes —. Ese fue el inicio de la modernidad  arquitectónica en Estados Unidos. 

Para ese entonces, todos los antiguos maestros europeos estaban instalados en aquel país, con cátedras en las universidades más importantes y estudios que acaparaban los encargos de millonarios y corporaciones. Pero de alguna manera su poderoso discurso transgresor había enmudecido al llegar a Estados Unidos, o quizá se había vuelto insignificante: su voluntad de romper con el pasado para renacer con nuevas energías parecía un despropósito en un país que seguía fundándose a sí mismo cada día. Dos fotos del arquitecto alemán Walter Gropius, primer director de la Bauhaus, ilustran el cambio ocurrido con el Movimiento Moderno en su tránsito hacia América.

La primera, tomada en 1923, lo muestra frente a Le Corbusier, sentado a una mesa en el café parisino Les Deux Magots. Ambos visten pesados sobretodos, llevan sombreros y sostienen un intenso tête à tête (literalmente sus cabezas parecen conformar un sistema planetario autónomo). Entre ambos, ensimismada y tímida, la entonces esposa de Gropius, Alma (antes y después conocida como Alma Mahler) contribuye sólo como fondo al protagonismo de ambos próceres de la arquitectura moderna.

La segunda fotografía fue tomada en 1950 en la casa de Gropius en Massachusetts, adonde se había mudado en 1937. En ese entonces el arquitecto dirigía una escuela de arquitectura que funcionaba en la universidad de Harvard. En la foto se lo ve de espaldas, ante una mesa de desayuno, sentado frente a su esposa Ise, en lo que los estadounidenses llaman sun porch, una terraza vidriada que da al jardín. No se distinguen los rostros, que están en contraluz. Tampoco se ven los detalles de la casa, lo cual es muy llamativo, porque la foto se publicó en una revista de arquitectura, y siempre interesa saber cómo es la casa que un arquitecto diseña para sí mismo. Sólo el ambiente distendido y doméstico, abierto a un gran jardín de grandes árboles, y el hecho de que Gropius está en mangas de camisa. La arquitectura había pasado de la edad heroica de la Europa de entreguerras a una era de celebración de la distensión hogareña.

Justo entonces el matrimonio Eames saltó al escenario del diseño moderno. Tenían la ventaja de ser auténticamente estadounidenses. Nunca habían posado como héroes del diseño, pero habían salvado vidas de soldados compatriotas. Y eran tan buenos (o mejores) diseñadores como los inmigrantes con acento alemán que llenaban las cátedras de las universidades. Y no necesitaban posar en una foto para parecer lo que no eran.
 

Nixon y Kruschev en la cocina

En los años en que algunos de los individuos menos recomendables de la historia se embarcaban en la Guerra Fría, un pico de la discusión sobre la modernidad tuvo como tema la administración del hogar, y ocurrió en una cocina americana en Moscú.

En 1959 Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron intercambiar exposiciones nacionales sobre ciencia, tecnología y cultura. La Unión Soviética realizó la suya en Nueva York en Junio, y Estados Unidos hizo lo propio en Moscú en julio. Los Eames contribuyeron con una película titulada Glimpses (“Vistazos”), que mostraba, en siete pantallas simultáneamente, escenas urbanas de la vida en Estados Unidos (especialmente autopistas, aeropuertos, supermercados, y en general situaciones en las que multitudes hacen uso de medios de transporte o consumo, y disfrutan del ocio doméstico rodeados de electrodomésticos).

El vicepresidente de Estados Unidos Richard Nixon viajó a Moscú, donde visitó la exposición estadounidense con el Jefe de Estado de la Unión Soviética  Nikita Kruschev. El 24 de julio de 1959, las agencias noticiosas de todo el mundo difundieron las fotos de ambos gobernantes discutiendo animadamente ante el símbolo de la victoria del capitalismo sobre el socialismo: un lavavajillas. Desde las fotos, Nixon explicaba a un atento Kruschev por qué los americanos son mejores. Ese episodio se conoce como The Kitchen Debate y es un indicador acertado del rumbo (y la importancia) del diseño internacional en esos años.

Así como las discusiones entre jefes de estado se presentaban ante el público en el marco de la cocina americana, la Guerra (aunque fuera fría) también se metía en el hogar. En esos mismos años Estados Unidos vivió un estado de paranoia sólo comparable al que ha experimentado en los años posteriores al ataque a las Torres del World Trade Center de Nueva York de 2001.  En ese estado de terror el hogar adquirió un carácter inédito de refugio, en sentido estricto.


Vamos a enterrarnos, mi amor

Mientras Kruschev y Nixon discutían sobre hornos de microondas y detergentes biodegradables en Moscú (¿Esta es la cultura, la tecnología y la ciencia que tiene para ofrecer América? ¿Una cocina? decía el periódico soviético Pravda), un matrimonio de Miami pasó quince días en su refugio subterráneo en el jardín de su casa de los suburbios.  Fue su luna de miel. Su historia se publicó en el número del 10 de agosto de 1959 de la revista Life.

En esos años se impuso un doble paradigma del hogar. Por un lado, una casa con jardín, alejada del ajetreo de la ciudad, accesible sólo mediante el automóvil, un medio de transporte que estimula el consumo de combustible, esencial para la economía estadounidense de aquellos años de petróleo barato. Y al mismo tiempo, un refugio nuclear, que se estimulaba a las familias a construir y mantener con acopio de alimentos, agua potable y un botiquín. La guerra ya no suponía tropas organizadas, porque las bombas atómicas permitían una destrucción completa sin el concurso de seres humanos. Los hombres de la casa no serían llamados a filas, sino que deberían hacerse cargo de su familia y protegerla de la aniquilación desde el hogar. Para eso el modo de vida estadounidense era ideal, porque en el jardín había espacio suficiente para construir un refugio, y en la ferretería se podía comprar tantos contenedores de Tupperware como fuera preciso para guardar las vituallas.

Del mismo modo que en los años cincuenta y sesenta, cuando el gobierno estadounidense estimulaba la construcción de refugios nucleares en los jardines de los suburbios, después de los atentados de Nueva York del año 2001, el hogar es el reducto final de la defensa contra un enemigo ubicuo.
 

* Publicado originalmente en El país Cultural

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