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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



URUGUAY - IBARBOROU, JUANA DE -


Orientales: Uruguay a través de su poesía (VI)*

Amir Hamed
Podría decirse que el nudo por el que se pierde la poeta se encuentra ya en 1922, cuando publicó su Raíz salvaje, que debería entenderse mejor, a la luz de sus relaciones con el discurso oficial, como raíz silvestre. La historia de su boda y de su divorcio con el país -o del país y el paisaje-, puede leerse en su "Autorromance de Juanita Fernández"

Gestos del paisaje/raíz silvestre (Ibarbourou, Silva Valdés, Sabat Ercasti & co.)

Habiendo llegado a este punto podría afirmarse que ese torrente poético del novecientos, cuyo vórtice habría que encontrar en las breves vidas de Herrera y Agustini mantuvo sus residuos por algunas décadas. Esta sería una de las explicaciones para entender la poesía de los veinte y de los treinta. El estado batllista, se podría decir, alfabetizando desde la macrocefálica Montevideo al territorio, llega a un armnisticio discursivo.

Conformada en buena medida, como señala Rama, por poetas de pequeña burguesía, que en muchos casos proviene del interior, se va generando una nueva literatura. En Montevideo, si bien se dio el caso de poetas vanguardistas, como Antonio Mario Ferreiro (1899-1959), o surrealistas, como Selva Márquez (1899-1981), la musa (para llamarla de algún modo) siguió un camino "natural" en relación al viejo conflicto discursivo.

Para 1925, por ejemplo, el Estado celebra el centenario de la declaratoria de la Independencia con algún libro detonante que destaca, entre otras cosas, que desde 1832 no existen aborígenes en el territorio. Se declama así la definitiva "europeización" del territorio, poblado, al decir del libelo, exclusivamente por individuos de "raza blanca". El olvido de los negros es fácilmente soluble: baste recordar que Pedro Figari, haciendo uso de algún sabio pintoresquismo, pintará sus negros y sus candombes. Botón de muestra para lo que se pasa a ver : el país, dominado por los aparatos alfabetizadores de un Estado mesocratizante, se convierte en paisaje.

De este modo se podría ver la producción medular de la época. Carlos Sabat Ercasty (1887-1982) recupera lo torrencial de la poesía de Herrera para cantar un territorio vacío de otras voces (no queda ya el canto oral del gaucho).

Así, si Sabat canta su ritornello de "alegría del mar" y festeja la profusión de verde y ríos que se encuentran en el territorio, Fernán Silva Valdés
(1887-1975) adapta técnicas vanguardistas para cantar con felicidad el paisaje. Aves, bichos y lugares son transformados levemente a partir de técnicas de vanguardia que el poeta denomina "nativismo".

No hubo grupos vanguardistas, como en general hubo en Latinoamérica, y al carecer de ellos, no se dio una impronta de choque entre intelectuales y el discurso oficial. Más aún, los intelectuales fueron asimilados por el aparato estatal, produciéndose una boda general entre la intelligentsia y el batllismo racionalista que crecía. La víctima y heroína de estas grandes nupcias fue Juana
(Fernández) de Ibarbourou (1892-1979).

Se podría decir que en Juana de Ibarbourou, el Estado encuentra una forma de expiar su culpa. Proveniente de Melo, es decir, del reducto de Aparicio Saravia, Juana logró encantar al ambiente con sus primeros versos. "Tómame ahora que aún es temprano", o su declaratoria : "Caronte, yo seré un escándalo en tu barca", constituyen una poética que puede ser enmarcada en el discurso general del país de los veinte.

Sus poemas, como se sabe, fueron festejados por su inocencia y pureza, típicos, se entendía, de la gente del "interior". Como señalara Zum Felde, sus versos agregaban al archivo existente un matiz de naturaleza domesticada. Es decir, el territorio que antes era hostil se convierte en un paisaje roussoniano y Juana cae a la Metrópolis como la sacerdotisa involuntaria del Contrato Social. Y el estado responde oficiando la gran boda que se le negara a Delmira.

En 1929, el Estado ofrece su reciente Palacio Legislativo para que Alfonso Reyes y el imperturbable declamador Zorrilla de San Martín funcionen como sacerdotes del solemne desposorio en que la Juana encuentra digno cónyuge y es proclamada Juana de América.

En realidad, Juana es una figura emblemática, una esposa perpetua de la poesía. Todo el tiempo funcionó ocupando el lugar asignado, pero, al contrario de Delmira, sin jamás contestar. No faltaron en sus primeros versos los intentos de impostarse como vaso, maceta o cuenco desde los que emergiera nueva raza; no faltaron sus proclamaciones de no abandonar ese lugar que el discurso más oficial le asignaba: "soy la misma muchacha salvaje que algún día trajiste a tu lado". Si se observa bien, su figura fue la de una mutante mimética o dócil a los reclamos de los demás.

En 1930, ungida esposa de América, con La rosa de los vientos, da muestra de su bien intencionado desbordamiento. Empujada por el mundonovismo imperante, con coquetería pretende una mágica rosa de los vientos -todo se le brindaba por la época- para con ella trastrocar el clima y los mapas de América, templando la altiplanicie helada o el trópico del Brasil, regalando cocoteros a los indios etc.

En realidad, era ella la rosa de los vientos; una pasajera -como supo definirse- de los discursos imperantes, hasta que, pasados los años, en 1950 se reconoció y tituló "perdida". Podría decirse que el nudo por el que se pierde la poeta se encuentra ya en 1922, cuando publicó su Raíz salvaje, que debería entenderse mejor, a la luz de sus relaciones con el discurso oficial, como raíz silvestre. La historia de su boda y de su divorcio con el país -o del país y el paisaje-, puede leerse en su "Autorromance de Juanita Fernández" (1955):

Primero, novia del aire,
Y después, de un capitán.
Andaba Juanita, andaba,
Y era rica más y más.
¿Qué importan la casa pobre,
Los vestidos de algodones,
Los zapatitos de cuero,
La blusa sin prendedores?
(............)
Y cuando muera Juanita
A gritos todos dirán
Que fue bendito aquel día
Ocho de marzo, San Juan
De Dios, en tierras de Melo
Que la historia alabará.
Y ha de dormirse llevando
Sobre la mortaja un sol:
El de un amor silencioso
Que nadie le adivinó.

A pesar del desafío autoindulgente del romance, el poema sólo logra constatar la homología entre su biografía y el estado. A su muerte, en 1979, su féretro lució un sol previsible, el de la bandera uruguaya. La supuesta incognita, ese "sol", sirve para ejempificar, por otro lado, una característica de la poesía de la época.

El sol/padre/capital/logos que menciona Derrida está en su cenit. El estado racionalista y arielizado encuentra sus declamadores en la denominada "Generación del Centenario" y algunos de sus poetas más destacados se dedicarán a hacer una poesía filosófica, como fuera el caso, por ejemplo, de Emilio Oribe (1893-1975) o de Sabat Ercasty. Interesante es destacar cómo éstos poetas -de los más torrenciales- tuercen el rumbo de la poesía nocturna de Herrera.

También nacido en Melo, Oribe, como señaló en su momento Zum Felde, terminará escindiéndose del tardo modernismo para recibir los nuevos vientos. El americanismo mundononovista y arielista encontrará en él un sesudo defensor. Tomará para sí la tradición racionalista de Occidente y abominará de lo bárbaro y pasional de América: sus versos y tratados encontrarán alimento en implementos filosóficos algo más que manoseados. Racionalismo y espiritualismo (antibárbaro) pastarán en las verdes llanuras del Nous, de la inteligencia como "espejo del Ser", del Verbo, del Logos, etc.

Si en la poesía de Herrera no faltaban los deliquios pitagorizantes (que en su momento deslumbraron a Rufino Blanco Fombona) Ercasty retomará la línea exótica tratando de dotar su torrencialidad paisajística de un sustrato filosófico hinduizante, mixturado con la tradición espiritualista de la que Rodó hiciera emblema. Un neorromanticismo del que su Pantheos (1917) ya puede ser heráldica.

Una vez más, el territorio, desprovisto de un discurso o de un cuerpo, pasa al verso como si el verso fuese una tela. Flora y fauna se recuperan en una unidad, roussoniana o goetheana, donde todo conflicto desaparece en una articulación de tópica, gesto e inflexión. La tópica será el "Hombre" en general, desprovisto de toda diferencia, y en comunidad con el ambiente; su gesto el del geógrafo
(que habrá de impresionar al primer Neruda); desde el río Cebollatí hasta su Chile en monte, valle y mar, la inflexión del geógrafo será la de la oda y el canto celebratorio.

Una poesía, mayormente rapsódica conocerá también matices interesantes. El treintaytresino Pedro Leandro Ipuche (1889-1976), por ejemplo, no abandonará el idealismo pero tratará de darle una variante nacional. Si el Espíritu hegeliano, a poco de terminada la revolución mexicana, encontraba su actualización en la "Raza cósmica" de Vasconcelos, Ipuche no dudó en intentar un nuevo estirón al viejo soplo para patentar su "Gaucho cósmico". Toda esta poesía, digámoslo así, del Ser (uruguayo), celebración, en un sentido amplio, del discurso estatal, conoció alguna que otra inflexión relativamente feliz en Casaravilla Lemos o en Vicente Basso Maglio, quienes sin embargo no lograban romper con el tono exclamativo ni con el arielino sustrato racional espiritualista.

Un modelo extranjero marcó en buena medida esta poesía y parte de la que se desarrollará a partir de los años cuarenta. Paul Valéry fue quien, en su momento y lugar, con primera unción de discípulo, logró racionalizar y "esclarecer" definitivamente el simbolismo y la poesía de Mallarmé. En Valéry, el nocturno como en La joven parca convive con un costado solar y argumentativo. Este costado lumínico lo volvió en Uruguay una influencia cuyos filamentos se pueden rastrear largamente, desde las traducciones que le ejerciera Emilio Oribe. En este pliegue, Valéry fue un punto de inflexión exógeno y estrategia de la poesía uruguaya previa al cuareintacinco para despegarse de la nocturnidad avasallante de Herrera. Luego, algunos poetas, como Amanda Berenguer, quien en 1945 publica su Elegía por la muerte de Paul Valéry, habrían de regresarlo a un umbral de claroscuros.

(sigue)

 

* Publicado originalmente en Orientales: Uruguay a través de su poesía (Montevideo: Graffiti, 1996)

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