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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



URUGUAY - MONTEVIDEO - LECTURAS DE POESÍA -



Algunos apuntes sobre la recepción literaria y las lecturas de poesía en el presente montevideano


José Luis Gadea

Quien haya ido a un recital poético sabe que generalmente son aburridos. De hecho, si ha asistido a uno seguramente sea escritor, pues actualmente los recitales poéticos cuentan casi únicamente con poetas entre sus asistentes. Es verdad que el desinterés actual por la poesía responde a varias causas, pero la baja asistencia a los ciclos de poesía y eventos literarios en general está en relación al espectáculo que en ellos se ofrece.

Este texto en su origen formaba parte de uno más extenso en el que el problema de la recepción literaria aparecía vinculado a una reflexión mucho más amplia sobre las posibilidades de difusión de la poesía joven en el sistema literario montevideano. En este marco, el trabajo también abarcaba el fenómeno del elitismo e intentaba vincularlo a posibles criterios de valoración artística, partiendo del supuesto de que dicho problema de la valoración no solo es genuino sino también ineludible. Como puede vislumbrarse, el texto original poseía una excesiva amplitud temática (indiscutiblemente en deuda con las circunstancias que motivaron la escritura: la respuesta a un mail que me enviara mi amigo Santiago Pereira), que obligó a la escisión y el desarrollo independiente de algunos de sus apartados. En cualquier caso el presente texto mantiene el espíritu del original, en tanto reflexión sobre el sistema literario montevideano contemporáneo (diagnóstico crítico que es emprendido desde el propio lugar de escritor[1] under al que pertenezco), y llamado a los artistas a repensar sus propuestas.

En concreto, este trabajo aborda la lectura de poesía como una instancia particular de la recepción literaria; remarca sus posibilidades, sus particularidades -en tanto evento-, pero también la poca eficacia que logra actualmente en el mundo de la poesía montevideana. Como en el texto original, el tono crítico no está dirigido al público sino más bien a los artistas, a los poetas en tanto autoridades decadentes de la institucionalidad literaria. Es necesario que todos aquellos que somos afectados por una recepción deficiente  (los escritores jóvenes en general, los poetas, los que leemos poesía en recitales poéticos, los que seguimos aspirando a un escritura no decididamente comercial -por nombrar algunos grupos y subgrupos “marginales”, a los que además pertenezco) tomemos conciencia del fenómeno, le demos una explicación, y en la medida de lo posible aspiremos, de manera genuina, a una recepción más amplia.

Como puede verse, lo que aquí se dice no pretende de ningún modo ser externo y neutral; quien habla es también un escritor; las ideas que expone forman parte de su estética, dialogan con su producción literaria, parten de la experiencia creativa y la modifican. No solo se participa del sistema literario escribiendo y editando cuentos o poesías; las entrevistas, los ensayos, los recitales poéticos, la aparición mediática: todo ello construye la significación de lo que un artista es y dice. De este hecho también deberían ser más concientes los artistas, logrando así un mayor aprovechamiento de las instancias de enunciación en las que participan. Este trabajo es una instancia de enunciación conciente de sí misma, pertinente a mi posicionamiento en el sistema literario (por más devaluados que este y yo mismo estemos).

Por último, el cometido central de este texto no es de la innovación teórica: aquí no se pretende agregar demasiado a lo ya sabido sobre la literatura, las lecturas de poesía, o los cambios recientes a nivel de recepción y construcción del significado literario. Por el contrario, la argumentación se sirve de categorías que son relativamente recurrentes en el discurso y las pone en relación con una praxis artística y cotidiana perfectamente reconocible: el sistema literario montevideano. En este sentido, el lector habrá de disculpar cierta heterodoxia en el manejo de los conceptos; este no es un artículo de teoría, y no está dirigido tanto a los académicos como a las artistas y a los consumidores de arte en general. Existen grandes reservorios de escepticismo conservador en Montevideo, entre docentes, escritores y público; si pudiera disolverlos al menos un poco con mi prosa creo que habría logrado mi cometido.

 
2. Recepción literaria


Existen dos usos diferenciables del término literatura: uno de tipo pretendidamente descriptivo;  la literatura como género discursivo genuino caracterizado sucesivamente por el carácter ficcional, la creación de un referente propio, y la utilización de un lenguaje principalmente connotativo; y un uso deliberadamente axiológico: la buena literatura, la Literatura; lo bello, lo clásico, lo que debe ser leído, lo canonizado y  lo estimado por el sistema de jerarquización de los géneros y subgéneros discursivos. Teóricamente se han discutido los dos usos, y el carácter “meramente” descriptivo del primero (que también es axiológico). Sin embargo, los cambios no se han registrado únicamente a nivel de la teoría, sino que también en el campo de la recepción y el mercado. En las editoriales y las librerías los libros de literatura han sido sustituidos en buena medida por los de autoayuda, los manuales sobre la Masonería, las biografías, los textos literarios de géneros tradicionalmente marginales y otros de tipo híbrido, todos ellos ejemplos, o bien, de un discurso difícilmente clasificable como literatura bajo una noción “descriptiva”, o bien, de otros que pueden rotularse perfectamente como “mala literatura” desde una visión valorativa tradicional.

A este golpe que ha sufrido la institución literaria debe sumársele otro más global: los efectos que ha producido la tecnología en los propios hábitos de lectura, reduciendo en general la cantidad de lectores (la vieja y querida sustitución de la palabra por la imagen), lo cual  aporta un grado importante de obsolescencia al objeto sagrado del libro y nos deja a nosotros, los escritores, los apóstoles de la literatura en términos modernos, en una situación particular de reducción o ausencia (como pasa muchas veces en el caso de la poesía) de un público que consuma nuestra producción.

Desde el punto de vista teórico estos problemas no son nuevos: ya Marinetti planteaba la obsolescencia del libro a principios del siglo pasado, y toda la llamada posmodernidad ha estado marcada por discusiones sobre la valoración estética, los géneros y el propio concepto de arte y de literatura. Sin embargo, como Uruguay es una burbuja de la modernidad (a la que en su momento siquiera la vanguardia pudo penetrar de manera adecuada), el solo hecho de traerlos a colación parece ya ser revolucionario. Y ello porque los gurúes de la institucionalidad literaria (incluyo a los docentes) realizan un constante contrabando conceptual, haciendo pasar por “pensamiento crítico” un marcado rechazo a la historia, al devenir y a los cambios que este trae. Los pensadores críticos de Uruguay son a menudo meros melancólicos de Varela, de Juana, de Maracaná y el batllismo. Por este motivo creo que en relación a nuestras posturas frente a cambios globales y locales en literatura puede tomarse prestada la vieja dicotomía sesentista establecida por Umberto Eco entre apocalípticos e integrados. Apocalípticos que juzgan la historia, que ven en los cambios el advenimiento de un mal ya profetizado, marxistas que no leyeron bien a Marx, y otros antimarxistas; integrados: integrados a lo nuevo, ciegos, ebrios de tecnología y mercado[2].

No creo que el libro, la lectura y la literatura estén muertos. Sin embargo debemos abandonar nuestro estado de negación e indiferencia para comprender que el campo literario se ha modificado, trastocando irremediablemente el nivel de la recepción. En vez de comportarnos reactiva y anacrónicamente es necesario modificar la propia actividad literaria, de manera que se puedan restablecer las conexiones con el público. La literatura es una actividad que carece de significación sin receptores[3]. Y esto sin caer en la fórmula galeana del compromiso, del lenguaje sencillo, del escritor que habla por el pueblo. Nunca he visto al pueblo ni sé lo que es. ¿Es una entidad ideal? Los políticos y los poetas que dicen hablar por el pueblo rechazarían esa idea. ¿Cuáles son las coordenadas del pueblo en lo real? ¿Quiénes son el pueblo? Aún si hubiese existido, ¿existe hoy en una sociedad altamente diversificada no solo económica sino culturalmente? El pueblo es una postulación de quien enuncia en su nombre. La jerga de los escritores del pueblo no es más que otra retórica, otra literatura, como todas las demás.

En este sentido, pienso en opciones de apertura y de exploración, no de clausura como lo es la directiva de una adecuación del arte a lo meramente popular. El arte propone y el público decide; pretender acatar de manera sumisa lo que el público decide también es un error, un empobrecimiento de la relación entre ambos. Además, como puede entreverse en el párrafo anterior, esta concepción a menudo encierra una falacia: son los mismos escritores quienes definen al pueblo y su lenguaje, para luego erigirse como sus representantes. Una de estas opciones de apertura es la ruptura del género discursivo literario. Un ejemplo de ello es la transgresión de las fronteras entre ficción y autobiografía; la creación de una autobiografía ficcionada, o una ficción plena pero autobiográfica, con todas las consecuencias epistémicas y estéticas que ello tiene; pero principalmente, con las nuevas posibilidades a nivel de recepción que supone tal innovación (una literatura adecuada a un tipo de lector que se mueve por diferentes planos de ficción en la vida cotidiana, que cruza permanentemente los límites entre ella y lo real). Y tomo este ejemplo por estar comprometido con él desde mi escritura.

Luego, otra opción consiste en la renovación de los medios artísticos y de difusión. Por un lado, Internet ofrece un campo de difusión y de creación (por ejemplo a través del diario en blog -que también va contra la ficcionalidad literaria moderna) que si bien ya hace unos cuantos años que está entre nosotros, posee aún campos inexplorados para los artistas y consumidores de arte uruguayos. Internet permite llegar a lectores de todo el mundo, democratiza la recepción; pero no solo eso, introduce cambios en la misma concepción del texto, de la autoría, acentúa la dimensión gráfica de la escritura, entre otros. En Uruguay, los escritores han adherido en buena medida al blog y al Facebook como medios de difusión, e incluso han logrado acceder a un mercado mundial a través de páginas como Amazon en las que venden sus textos. También existen revistas y boletines artísticos virtuales, todo lo cual da cuenta de que este medio es utilizado de manera creciente entre los participantes del fenómeno literario. Y esto a pesar del prejuicio antitecnológico propio de nuestra idiosincrasia avejentada[4]. Por otro lado, las posibilidades performáticas de la literatura y su capacidad de acción interdisciplinaria: con el teatro, con la música, con las artes audiovisuales y plásticas; la literatura se redimensiona, adquiere espacios inéditos y logra un nuevo tipo de receptor: el público propiamente dicho. Precisamente, sobre el carácter espectacular del fenómeno literario me interesa hablar en el próximo apartado.


3. Recitales poéticos


Es en este punto que debemos tomar en cuenta a las lecturas y recitales poéticos. Hace mucho tiempo (al menos desde principios de siglo XX, con las vanguardias) que el arte ha tomado conciencia de su espectacularidad, de sus posibilidades de difusión a través de otros medios alternativos diferentes del estatismo burgués del libro, el cuadro o la escultura. También ha tomado conciencia de la flexibilidad de las disciplinas y la posibilidad de combinarlas en un espectáculo. En todo caso, la fuerza creativa se resignifica y se abren puertas hacia nuevos tipos de receptor.

En Montevideo existen diversos ciclos de lectura poética (además de las irrupciones urbanas, y otros eventos puntuales como el festival de Zona Poema) que funcionan bajo ese espíritu (El Farolito -Marcos Ibarra, Washington Legaspi-; La Pluma Azul -Alicia Preza, Andrea Estevan-; Kalima tiene la palabra -Eduardo de Souza-; La Ronda de Poetas[5] -Martín Barea-, sin contar algunos otros organizados por librerías y editoriales, de corte comercial); que ponen a la literatura en un plano oral, y dan lugar a la llamada performance, o a lo musical-literario. Conozco a cada uno de los organizadores de estos ciclos (no de los comerciales), y sé el esfuerzo que hacen para mantenerlos con vida. Conozco también a buena parte de los escritores que participan, y mantengo muy buena relación con muchos de ellos. Sin embargo, creo que es necesario hacer algunas críticas al funcionamiento de estos ciclos, o mejor dicho, a cómo es concebida la lectura en ellos. Dos hechos ligados entre sí motivan tales críticas: el mal uso que se hace de las posibilidades espectaculares de la literatura y la incapacidad para lograr un público que exceda a los mismos poetas. Si bien estos ciclos democratizan y ello es bueno, los participantes adolecen a menudo la falta de evaluación crítica de sus lecturas, hecho sin dudas relacionado con que Montevideo sea una ciudad pequeña y los involucrados en la movida poética (en los recitales y lecturas) tengamos conocimiento personal unos de otros, lo cual hace que la crítica o bien no se ejerza, o bien se ejerza de manera poco seria[6]. Esta carencia crítica redunda luego en lecturas aburridas y carentes de interés para quien no haga literatura. Me interesa discutir qué es lo que está saliendo mal. Y lo digo sin pretender ofender a nadie, partiendo de varias certezas anteriores a la crítica: primero, que la existencia de las lecturas poéticas es un hecho valioso en sí mismo; segundo, que estos ciclos de lecturas se mantienen con vida gracias al esfuerzo y el cariño de quienes los organizan (también poetas todos ellos) y de quienes participan y asisten; tercero, que la participación igualitaria en ellos es también un hecho positivo a priori. En mi caso, he participado de estos y de otros ciclos hoy no existentes. Aún antes de editar, o de ganar un concurso de poesía, la participación en las lecturas significó una puerta y una oportunidad de crecimiento.

Una primera postura frente a las lecturas y lo performático en general es el rechazo. Existen numerosos escritores que desde el prejuicio defienden posiciones conservadoras, negando la espectacularidad de la literatura, a menudo con adjetivos descalificatorios. Generalmente estas críticas se acompañan de una defensa del libro, y de los espacios íntimos de escritura y lectura, generándose así una falsa oposición, pues intimidad y puesta en público son complementarias y en algún punto inconmensurables (lo mismo que escritura y oralidad) y no excluyentes[7]. Sin embargo, más que argumentos lo que encontramos es miedo a lo nuevo y lo diferente, rechazo instintivo.

Una segunda postura consiste en considerar a los recitales poéticos como meras reproducciones del poema escrito, perdiéndose así el valor performático de la actividad. Premisa básica: leer un poema no es lo mismo que escribirlo, como actuar una obra de teatro no es lo mismo que escribirla. Luego, leer es representar[8], y al partir de esta noción la lectura no solo está en íntima relación con lo teatral, sino que además está a un paso de la música, o de la representación audiovisual. El desconocimiento de la autonomía del plano de la representación da lugar a lo que llamo falacia de reproducción[9], cuya modalidad más identificable se da precisamente en la lectura de los textos: el poeta pretende reproducir linealmente lo que tiene en la hoja, perdiendo de vista que los elementos fonéticos objetivos del texto están siendo actualizados mediante una ejecución que posee reglas autónomas, que es un arte tanto como lo es crear un poema con su ritmo y su métrica propias. En cualquier caso, el poeta (confundido por el doble papel de escritor y de lector) considera su tarea como una mera traducción, negando así la contingencia de la representación elegida (porque aunque no lo es conciente plenamente, está representando, y la suya es una entre otras posibles representaciones) y cayendo consiguientemente en algún modo convencional de lectura, seguramente aprendido por imitación y no demasiado meditado. Tono de voz, manejo de las pausas, interpretación de las unidades gráfico-fonéticas (como los versos), velocidad de la lectura, entonación, interpretación de las diferentes voces del texto (si las tiene, como en el caso del llamado poema conversación), y hasta la propia elección y ordenamiento de la secuencia de los textos a ser leídos; todos ellos son aspectos pertinentes a la representación.

Pero el problema no se ciñe solo a la relación entre un texto escrito y su puesta oral; si he expuesto este caso primero ha sido para demostrar que hasta la lectura pura y simple de un texto es ya en sí performática. De la negación de esta dimensión en la mera lectura (al ser considerada como traducción de un texto escrito) se deriva una negación de los códigos espectaculares que le corresponden, y por ende, de su parentesco (¡de sus posibilidades de asociación!) con otras artes del espectáculo como la danza, el teatro o la música. Si ante una propuesta que involucra un soporte escrito la falacia nos lleva a pensar que la representación no es más que reproducción del texto, en los casos en que se carece precisamente de texto escrito, o este (el texto) no es el componente central de la representación (también puede darse el caso de que el texto valga en tanto sus posibilidades pragmáticas), la falacia nos lleva a concluir que no se está ante lo literario, uso demarcatorio del término que solapa el rechazo típicamente conservador[10].

¿Cuál es el resultado del desconocimiento del plano espectacular? Quien haya ido a un recital poético sabe que generalmente son aburridos. De hecho, si ha asistido a uno seguramente sea escritor, pues actualmente los recitales poéticos cuentan casi únicamente con poetas entre sus asistentes. Es verdad que el desinterés actual por la poesía responde a varias causas, pero la baja asistencia a los ciclos de poesía y eventos literarios en general está en relación al espectáculo que en ellos se ofrece. Por supuesto que es más fácil acusar a la gente de inculta e insensible, arremeter contra la televisión, la internet y los libros de autoayuda. Pero ello significa desconocer que las propuestas de lectura actuales carecen en general de atracción alguna para el público, lo cual viene a sumarse al esfuerzo interpretativo que debe realizar el receptor de poesía contemporáneo, enfrentado a un género que desde finales del siglo XIX se ha venido tecnificando, todo lo cual termina por embotar y alejar a lectores y público en general. En vez de simplemente culpar al público habría que preguntarse por qué este fenómeno de asistencia casi nula a los recitales poéticos no se da en el teatro, los recitales de música y el cine, por poner tres ejemplos.

Es de notar que los recitales poéticos son un importante medio de difusión dentro del ambiente under de la poesía montevideana, teniendo en cuenta que para editar hay que pagar (lo cual no asegura para nada una buena distribución de los libros), y que buena parte de los lectores que uno puede hacerse se encuentran en las lecturas (en parte porque buena parte de los lectores que uno puede hacerse son también poetas). Ello hace que la participación en estos recitales esté motivada más por la posibilidad de mostrar los textos propios que por ofrecer una representación interesante de los mismos. De hecho, me parece muy valiosa la tarea democratizadora que realizan estos ciclos, sobre todo porque acercan a escritores jóvenes y les dan la posibilidad de mostrarse, siendo que el difundirse y compartirse es uno de los factores más importantes de crecimiento. Claramente el problema no está en el acceso igualitario a la lectura, sino en la falta de conciencia de la tarea que se realiza, que como ya he dicho, no es reproducir el texto escrito. Los escritores deberían repensar sus lecturas, realizar una búsqueda estética que permita adaptar creativamente sus textos y les permita asociarse a otros artistas. El texto puede ser el centro o no; en todo caso, es parte integrante de un espectáculo. De un espectáculo en el que el poeta se reconoce esencialmente como un actor. Por lo demás, he visto la falacia de reproducción en escritores destacados y amateurs, en jóvenes y en viejos, en hombres y mujeres. Es cierto, es lugar común y sin embargo no deja de ser verdad: no por ser buen escritor es interesante el ser escuchado. El recital poético puede prescindir de los buenos escritores[11].

Pero no todo es rechazo y mera reproducción: en la movida poética under encontramos gran cantidad de propuestas decididamente performáticas, muchas de ellas de gran calidad[12]. Sin embargo, dentro de los performáticos encontramos también carencias que contribuyen a acentuar los problemas descritos al comienzo del apartado. Primero, las propuestas interesantes, que podrían movilizar a un público hasta a una lectura se pierden generalmente entre lecturas de tipo reproduccionista, en las que incluso es común ver torpezas como la del poeta que lee un texto de ocho o diez versos y luego pasa unos dos minutos buscando y eligiendo el poema siguiente -por poner un ejemplo. Entonces, las propuestas originales no logran levantar el espectáculo general, y las lecturas siguen siendo poco atractivas para el espectador no literato (para el literato muchas veces también, pero no lo dice por compromiso).

Luego, una segunda carencia tiene que ver con el uso retórico -por llamarlo de algún modo- del elemento performático. Comprendo que el camino de la experimentación es un camino válido y necesario, y que a menudo trae consecuencias muy deseables para el arte. Sin embargo, no creo que toda experimentación sea interesante ni justificable en la mera experimentación. A veces, el regodeo en el propio recurso performático hace que la propuesta pierda fuerza expresiva y se transforme en algún tipo de onanismo. No soy un reduccionista del arte a la vida, pero el esteticismo puro no tiene nada que ver conmigo. Ni con casi nadie.

Un tercer problema es la pérdida de poder de transgresión. Las propuestas de representación de la literatura, y de representación interdisciplinaria tal como las he tratado surgen con las vanguardias y sus pretensiones rupturistas. Ellas van contra la institución, jerarquizan la originalidad y la espontaneidad, dan lugar a un modo de ser artístico que intenta desligarse de los lugares comunes. Ha pasado mucho tiempo, pero creo que estas propuestas aún poseen un potencial transgresor. Sin embargo, en Montevideo, el ambiente under se ha institucionalizado y lo que podría ser molesto se ha hecho cotidiano. Las performance no van contra nadie, porque el marco en el que aparecen es un marco que las presupone, que las tolera. Sin embargo no se trata de un marco amplio (una gran institución literaria): no involucra a un gran público, ni a las editoriales, ni a las instituciones educativas ni a las librerías: es un contexto que conformamos los propios poetas en espacios reducidos que se mantienen con mucho sacrificio. Hay que sacar las performance[13] de los recitales poéticos y meterlas en las universidades y liceos, en las plazas[14], en los teatros. Oponerse a lo meramente comercial no significa encerrarse. Hay que llegar con lo que hace; hay que repensar lo que se hace para llegar; hay un público atento al que puede interesarle la expresividad performática y en particular su poder crítico y su irrupción inesperada. Quiero decir, es posible devolverle la vitalidad a la representación. Para ello es necesario abandonar el onanismo actual. Por lo demás, es lamentable que yo también sea tan radical y a un mismo tiempo tan rebuscado, que me gusten los sarcasmos y los gestos de nomadismo. Pero esas ya son otras cuestiones, para debatir en otro lado.


4. Otro público


En el apartado anterior enuncié la necesidad de aspirar a un nuevo público literario. Allí me refería
a público como receptores de la representación poética; ahora amplío el término y lo aplico también a los lectores. Es decir, el público del fenómeno literario en todas sus manifestaciones.

Ya señalé que la literatura y la lectura en general han perdido adeptos, siendo la poesía el género más damnificado. También he mencionado al pasar algunas causas del problema (cambios a nivel de la tecnología, la construcción de sentido en el sujeto contemporáneo y la construcción de sentido en la poesía en particular, etcétera), haciendo hincapié en aquellas que están en relación a los propios escritores.

Ahora bien, fuera del círculo cerrado de escritores existe otro mundo literario. Quiero decir, más allá de las instituciones como La Casa de los Escritores, el mundillo under, los premios estatales, las editoriales de calidad, los poetas y profesores de Literatura (o quienes se han formado en literatura en general); más allá de ellos (a sus espaldas) se desarrolla hace ya buen tiempo todo un fenómeno literario que los excluye. Los autores más representativos de este fenómeno provienen de los medios -especialmente la radio[15]-, y sus textos, si bien utilizan diferentes tipologías, están más cercanos a la narrativa y al drama -monólogos, por ejemplo-, que a la poesía. A menudo se descalifica a estos escritores, “escriben para adolescentes”, pero lo cierto es que han encontrado la clave para hablarle a otros públicos (con otros lenguajes, con otros temas, con otros códigos culturales); públicos que de hecho ellos mismos han creado. No me interesa hacer un análisis generacional ni delimitar de manera fina las características estéticas del movimiento (movimiento en sentido laxo, no como agrupación); lo que me interesa es la relación efectiva que establecen con algunas editoriales (mucho o poco, cobran por lo que hacen -cobrar por lo que uno produce no es una mancha pecaminosa) y la comunicación fluida que alcanzan con un público no específicamente literario.

Algunos de estos personajes de la radiofonía provienen de los años 90's, o tienen sus precedentes allí. En esa década su alcance estaba limitado, y en buena medida eran bichos raros asociados más que nada a la movida del rock. Hace unos diez años, y a partir de Justicia infinita -programa de radio paradigmático-, comenzó un verdadero cambio cultural propiciado desde la radio. ¿Quién iba a pensar que esos tres amateurs de la comunicación que hablaban de música, juegos de computadora, y hacían un uso absolutamente obsceno y libre del lenguaje iban a lograr la repercusión que obtendrían, no ya en el mero ámbito de la comunicación, sino también en el de la literatura y el espectáculo? Pero no debemos pensar en adecuación a un público, sino en originalidad de las propuestas, originalidad que dio lugar a un cambio de tendencias y a una recepción amplia y masificada. En este sentido podemos hablar de creación de tendencias culturales, creación parcial o total de un público adecuado a la propuesta.

Por supuesto que estas propuestas tienen puntos criticables, que algunas poseen mayor nivel que otras, y que sobre todo que algunas, con el correr del tiempo, han ido desgastándose y perdiendo la espontaneidad que las caracterizaba en un principio (lo cual puede ser fácilmente vinculado al fenómeno de masificación, que de modo paradójico termina por agotar a aquello que le dio existencia); tampoco estoy interesado en la idolatría o la idealización. En este momento estoy hablando desde el lugar de escritor (desde la institución “literatura”), y hablo en buena medida para los escritores. Porque, en primer lugar, no renuncio al concepto de “literatura” (y a la institucionalidad literaria), y considero entonces que es necesario flexibilizarlo (no en la teoría, donde ya lo está, sino en la conciencia de los escritores); y porque en segundo, aunque no solo me he formado en Literatura (lo que me permite entrar y salir de los problemas disciplinarios y los dogmas propios de creador, crítico y docente), en última instancia no provengo de otro lugar, soy un bicho de la “literatura”, con la educación del caso. Y si traigo a colación esta situación (la existencia de un mundo literario fuera del círculo de los escritores, ejemplificado en un solo caso entre otros posibles) es porque ella revela que nuestra pretensión de literatos si bien es genuina se hace cada vez más retórica; que nuestra postura contra los medios de comunicación, contra sus representantes y su lenguaje es a menudo una mera reacción de orgullo ofendido y lloriqueo por la pérdida de un poder simbólico que ya perdimos[16]. Y no se trata solo de libros. Basta comparar las funciones de stand-up de estos mediáticos con nuestras lecturas de poesía para darnos cuenta del alcance irrisorio que tienen nuestras representaciones.       
 
Existen diferentes cúmulos de sujetos demandantes de arte a los que nuestra “literatura” no les llega; ellos poseen el interés y las competencias artísticas, pero lo que nosotros hacemos no satisface sus necesidades vitales (como si lo hace el cine, la televisión, los videojuegos, la música, Facebook, etcétera), no les habla a su experiencia. Existe otro público posible. No puede ser el público de poetas y escritores del que ya hablé; tampoco puede ser el “hombre normal” porque tal como ha sido definido -por deseo o por negación-, es una fantasía de los poetas e intelectuales. ¿De qué público estoy hablando? No puede nacer de las viejas fórmulas simplistas, del prejuicio conservador que subestima al público posible y da lugar a la falsa dicotomía entre torremarfilistas y comprometidos, entre el arte complejo para pocos y el simplificado para las masas; no puede nacer de la negación del mercado pero tampoco de una sumisión nociva, y de algún modo casi imposible (yo, en Montevideo: aunque me lo propusiera, aunque escribiera y representara con el único criterio de vender, no alcanzaría nunca el estatus comercial deseado). ¿De qué público estoy hablando? De un público que no puede ser definido substancialmente aquí; un público que surja de la interacción de la realidad social, el mercado (no solo el Gran Mercado; sino también el mercado pequeño, el mercado interno, un posible mercado de lo under) y nuestra capacidad para establecer formas nuevas, para reformular la comunicación literaria. Si la gente no lee, y no lee especialmente literatura es porque no encuentra allí algo que tenga que ver consigo, no solo con sus contenidos o su lenguaje (lo que nos remitiría nuevamente a una visión populista) sino con su modo de pensar, de conocer y sentir, con el modo en que los sujetos se mueven en los sistemas comunicacionales. Un nuevo público será aquel objeto posible que el discurso literario pueda formular correctamente. Para ello es necesario tener habilidad, saber en el mundo en que uno se mueve, conocer las reglas estéticas y extraestéticas que permiten la formulación de este u otro público. Un nuevo público será tan nuevo como una nueva obra; exigirá la misma audacia, la misma originalidad que la pone en el mundo.
 

Julio de 2012
 

Notas:
 

[1] Nótese el uso de escritor que hago en cursiva, refiriéndome no tanto a quien produce un texto escrito (uso objetivo) sino más bien a quien se considera escritor (uso subjetivo), en tanto productor de discurso literario, y a su vez portador de una vocación y unas cualidades espirituales que le permiten ostentar tal mote (escritor como identidad en la que el sujeto se reconoce).

[2] Pequeña desviación: los apocalípticos suelen ser mayoría, pero no debe desconocerse la continua aparición de modernistas e integrados. En un país avejentado no nos es difícil posicionarnos en una defensa de lo nuevo y lo foráneo, a menudo irreflexiva y meramente esnob (otras veces anacrónicas; lo nuevo nuestro es lo viejo en los países del centro). Como una cuestión del destino, más allá del bien y del mal, desde los 80's en Uruguay los innovadores están condenados a una muerte casi segura; muerte de vejez y de impotencia, de fe frustrada. Muerte de Montevideo. O uno se vuelve un renegado, un loco; o uno se convierte en uno de esos poetas jóvenes eternos que rondan los cincuenta. O las dos cosas a una misma vez. Bajo el aceite del cambio la capa de acero del canon literario y las concepciones tradicionales, la Generación del 45'...

[3] En Uruguay existen infinidad de mitos literarios destinados a afirmar lo contrario: Onetti, Idea Vilariño, Levrero (que negaba ser escritor), Felisberto Hernández (de una mitológica recepción marginal), etcétera. En cualquier caso todos ellos revelan: a) no una no-recepción, sino un modo especial de recepción, conflictiva, ligada al medio uruguayo y su idiosincrasia; b) una apropiación de esta relación de recepción conflictiva en la propia estética, a veces de modo casi de autoficción (algunos cuentos de Felisberto, por ejemplo), lo cual tiene como efecto el reforzamiento del mito de la escritura en soledad, para uno mismo, la ausencia de lectores, la incomprensión, etcétera, desde la propia obra.

[4]  Muestra de cierto prejuicio receloso de vieja es ese miedo bacteriológico al plagio que parece dominar a unos cuantos escritores, sobre todo a los más desconectados del fenómeno artístico real. Comparada con las posibilidades de difusión que ofrece Internet, la idea de un posible plagio es un temor absurdo (la manera en que incluso piensan el plagio es un absurdo: escribo y guardo en mi casa, no sea que nadie robe mi gran idea...). Temor que parte del desconocimiento. Luego, es verdad que vivimos en un mundo sobrecargado de información y que Internet no es el ideal ni mucho menos. Críticas: se pueden hacer y de diverso tipo. Sin embargo, como toda acción crítica exige que quien la realiza piense desde qué lugar lo hace. ¿Negar internet para reivindicar la utopía del libro? ¿Negar internet como si la voluntad de unos cuantos sujetos pudiera detener la historia? Es necesario comprender, actuar desde la comprensión...

[5] En relación a la Ronda de Poetas, Pereira (en el mail que da motivó la escritura de este texto) destacaba el espíritu que la orienta: la concepción del fenómeno literario inserto en lo urbano y del receptor en tanto receptor dinámico que interactúa con relativa libertad respecto al espectáculo que tiene en frente (que no es obligado a escuchar y a ver). Precisamente esto último es un aspecto que suscita polémica entre los poetas-lectores y el público; la lectura es el centro y el público debe escuchar y respetarla, en cuyo caso debe protegerse la voz del poeta lector frente al bullicio urbano; o, la lectura se inserta precisamente como un fenómeno más dentro del resto de los eventos urbanos, y es este hecho lo que la enriquece. Y esto solo por presentar dos posiciones al respecto.

[6] Por un lado, el debate tiende a personalizarse fácilmente; por otro, a veces parece inverosímil hacer crítica de una movida cultural despreciada, a la que antes que criticarla habría que difundirla más ampliamente. Y hablo de crítica en sentido amplio, incluyendo la reflexión informal de los propios participantes.

[7]  Puede darse el caso de una propuesta que privilegie únicamente la espontaneidad (lo que seguramente excluya lo verbal escrito, en tanto soporte a ser representado); sin embargo ello no implica que la escritura quede siempre excluida; la exclusión no es lógicamente necesaria, sino contingente. En cualquier caso, esta noción de literatura engloba a la anterior, no la excluye.

[8] Aquí estoy pensando en el caso (mayoritario) de quienes hacen una puesta oral de un texto escrito y no en quienes realizan un espectáculo que prescinde del mismo (una lectura improvisada, una actividad que incluya danza, música y palabras al azar, etcétera). Lo que debe quedar claro es que texto y plano espectacular son dos cosas diferentes, independientes, con sus sistemas semióticos propios. Si en este texto hago hincapié en las posibilidades de la lectura (una cuestión de estrategia discursiva), queda claro que la lectura (o la escritura) en solitario tiene también su riqueza propia irreductible.Por otra parte, debo aclarar que no me interesan aquí las diferencias teóricas entre presentación (en este caso, presentación performática) y representación. Utilizo representación en un sentido amplio, buscando hacer hincapié en el carácter espectacular de los recitales poéticos.

[9] Como puede notarse fácilmente me inspiro en las críticas que hace Derrida (DERRIDA, J. Posiciones. Entrevista con Julia Kristeva, 1968. Valencia: Pretextos, 1977) a lo que él llama el fonologicismo: la tradición metafísica occidental que tiende a considerar la escritura como una mera transcripción de la oralidad, desconociendo así su calidad de signo autónomo (que posee dimensión gráfica).

[10] La falacia puede darse de modos muy variados. El alcance del texto y las estrategias discursivas elegidas me impiden una mayor sistematización de los mismos. El siguiente ejemplo sirve para demostrar que la falacia no solo se da en la relación entre un texto escrito y su puesta oral. Existen diversas propuestas que combinan música y poesía (yo mismo he participado y participo actualmente de tales emprendimientos); muy a menudo estas consisten en lectura por parte del poeta y acompañamiento musical (generalmente improvisado) cuya función no es otra que hacer de fondo al texto. Llama la atención que a menudo las melodías elegidas, los ritmos y los climas sugeridos sean convencionales y predecibles, la música que uno espera escuchar cuando lee un poeta, y que no haya una búsqueda musical acorde a la búsqueda estética realizada en el texto. Una vez más, la representación es concebida como una traducción lineal del poema escrito (o de lo que se supone genera la lectura del poema en los espectadores) y no como una nueva creación con códigos propios. No hay una búsqueda estética; la ejecución (aquí musical) pertenece a un lugar común.

[11] Sin cursivas: escritor como el que produce textos escritos (sentido objetivo)

[12] Algunos ejemplos (no conozco a todos los poetas del under montevideano, y me sería muy extenso nombrar a todos los que realizan propuestas performáticas: si ninguna intención canónica viene esta pequeña reseña): Isabel Gallo y Claudio Vela (poesía y performance), Marcos Ibarra (plástica, pintura y poesía), Mariana Picard (plástica, performance, poesía, etcétera), Luis Bravo (música, performance y poesía), Fabián Severo (música y poesía), Martín Barea (música y poesía), Hoski, Mariana Figueroa, Esteban Siri (música y poesía), Xime de Coster y Jorge Alfonso (poesía y narrativa: la performatividad de Jorge Alfonso y de Xime de Coster -se trata de dos propuestas diferentes- reside en el modo en que leen sus textos; me interesa destacar su caso porque demuestra que no es necesaria una performance en sentido estricto para hacer interesante una lectura), Laura Alonso (música y poesía), Francisco Hertten (poesía y performance), Leonardo de Melo (contact y poesía), Isabel de la Fuente (música y poesía; homenaje a Fernando Pessoa), entre muchos otros. También a tener en cuenta: las propuestas de jam literario e improvisación artística interdisciplinarias, ligadas no solo a los ciclos de lectura sino también a intervenciones urbanas (callejón de la Universidad más que nada) y varietés.

[13] La misma palabra performance ha pasado tener una carga negativa. De hecho, si no fuera por el uso tan extenso que tiene el término representación, ya la habría sustituido por éste. Esta carga negativa deriva de que la performance sea algo esperable, reconocible y perfectamente demarcable (además de un lugar común de la crítica y la teoría desde hace unos cuantos años). Se pierde así el poder de sorpresa, la ruptura de los límites entre ficción y realidad que puede generar la representación, la carga de incertidumbre y la posible irreverencia; el público espera una performance, quien representa se siente seguro haciendo algo que el público espera. Quizá sea una buena estrategia discursiva evitar la bendita palabra.

[14] Existe una movida alternativa de poetas y otros artistas que a través de la Feria del Libro Independiente (FLIA), intervenciones urbanas y demás eventos, han tratado de llevar la poesía hacia lo urbano. A diferencia de las lecturas convencionales se logra un ambiente menos solemne, y se convoca a un público relativamente más variado. Se trata de un impulso genuino de un grupo de artistas del under (otra palabra gastada a la que en este momento no he logrado encontrarle sustituta), lo cual lo hace muy valioso. Sin embargo carece tanto de un poder real dentro del circuito literario como de una popularidad extendida más allá del propio under (ambas cosas a conciencia, pues no existen pretensiones de ese poder institucional, ni tampoco de un alcance masivo). Algunos nombres relacionados a esta movida: Leonardo de Melo, Gabriel Till, Jorge Alfonso, etc.

[15] Me refiero a autores como Carlos Tanco (Darwin Desbocatti), Ignacio Alcuri o Rafael Cotelo, entre otros.

[16] Omito las críticas a los medios de comunicación y a los mediáticos pues todos las conocemos y de memoria (porque pensamos de manera crítica, porque somos progresistas, modernos e ilustrados). Como puede verse en todo el artículo, soy un equilibrista vazferreiriano entre el Apocalipsis y la Integración...
 

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