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1999 - 2013
Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



CENSURA - IDENTIDAD

Mejor no hablar de ciertas cosas*

Carlos Rehermann

Los uruguayos debemos limitarnos a tratar temas dentro de los siguientes límites: dentro del territorio nacional; posterior al siglo XVIII (salvo si Artigas es el protagonista); o en el extranjero, pero con un protagonista uruguayo con problemas para conseguir yerba

Nadie habrá dejado de observar que tenemos un problema de identidad. Los uruguayos debemos demostrar constantemente que poseemos una clara, definitiva y valiosísima personalidad cultural.

No pongamos como ejemplo a los norteamericanos y sus desprejuiciadas acometidas fílmicas sobre relatos bíblicos o mitológicos, que suelen ser poco recomendados por la crítica. Pero podemos detenernos en Pier Paolo Pasolini y sus visitas a los cuentos de las Mil y Una Noches, por ejemplo. Se trata del abordaje de una fuente que no pertenece a su tradición cultural. Hay acuerdo erudito acerca del acierto artístico de su labor creativa en ese caso en particular.

Ahora imaginemos a un realizador uruguayo que intente hacer otro tanto. Será ipso facto tachado de acultural, ridículo, desarraigado, megalómano y tarado. Los uruguayos debemos limitarnos a tratar temas dentro de los siguientes límites: dentro del territorio nacional; posterior al siglo XVIII (salvo si Artigas es el protagonista); o en el extranjero, pero con un protagonista uruguayo con problemas para conseguir yerba.

Esta prohibición suele acompañarse de afirmaciones por las cuales se nos obliga a creer que si mostramos nuestra aldea mostramos el mundo. El corro lanza suspiros y exclamaciones aprobatorias, todos ríen educadamente y el anormal que realizó la barbaridad de no hablar de su aldea esconde la cabeza entre las solapas del gamulán y se refugia en Copenhague o por ahí. ¿Y si se habla del mundo, no se muestra la aldea?, susurra. Callate, por favor.

Hace poco se estrenó en Montevideo una tragedia griega, que, según sus responsables, está adaptada a nuestra realidad contemporánea. Para realizar esa adaptación se suprimieron, por ejemplo, los nombres de los dioses griegos. Se eliminaron unas cuantas cosas más, de tal modo que la obra dura unos cuarenta minutos. No deja de ser interesante que para ser más nosotros debamos hacer menos a los otros.

Esta censura protectora de nuestra identidad no parece muy diferente que cualquier otra censura, y al cabo logra lo que toda censura: empobrecernos.

Si vamos al cine, o a la música, a la literatura o a la danza, a la pintura o a cualquier otro arte, nos encontraremos con alertas similares. Cuidado con lo que se dice. Al parecer debemos construir nuestra identidad según ciertas normas limitativas, por las cuales debemos alimentarnos de nuestra propia tradición. En arquitectura existe un discurso similar, con la contra de que en ese campo no tenemos casi tradición. A partir de esa evidencia, si visitamos otros artes podremos darnos cuenta de que tampoco en ellos tenemos una tradición autónoma, aunque sí cierta dicción que creemos nuestra. No alcanza con poner personajes campestres de nombres ridículos para ser nosotros.

Toda censura proviene del miedo. La excesiva defensa de una supuesta identidad proviene de la inseguridad en la propia consistencia de la personalidad. Si me pongo de pie y hablo desde aquí, guste o no guste lo que digo, lo estoy diciendo desde aquí, es decir, digo algo que forma parte de nuestra cultura. Si está mal, será porque tiene fallas estructurales, pero de ninguna manera porque no cumple ciertos requisitos que un grupo de gurúes ha dictaminado como adecuados a la identidad del país. Que Zeus me fulmine si no tengo razón.

* Publicado orginalmente en Insomnia, Nº 33

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