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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



EGO - FICCIÓN - DESCARTES - DIABLO - SUJETO MODERNO -

El ego de la ficción*

Amir Hamed
Descartes es un escritor formidable. Ahí está, dudando metódicamente, del mundo, de sí mismo, titubeante, conjeturando posible el hecho de que en ese momento, como en el sueño, no se encontrara en realidad, a pesar de las certezas de los sentidos, junto al fuego, es su robe de chambre, escribiendo

Vieja como el siglo XVII es la denuncia del antijesuita Arnauld del Círculo Cartesiano. Ahí se exponía la circularidad inherente al razonamiento de Descartes. Si según el autor de las Meditaciones, para conocer que Dios existe debemos confiar en la idea clara y distinta de Dios pero para saber que estas ideas (claras, distintas) son verdaderas, debemos confiar en que Dios existe y no engaña a los hombres, entonces, afirma Arnauld, aunque Descartes rechazara la magia, su prueba ontológica estaba basada en una palabra mágica y en la superstición de que las cosas pueden ser determinadas por ideas y pensamientos.

El hecho de que el famoso sujeto cartesiano, padre del racionalismo moderno, acuñado en latín para jesuitas, sea más bien hijo de una fórmula mágica no estorba un par de lecciones conmovedoras. Descartes es un escritor formidable. Ahí está, dudando metódicamente, del mundo, de sí mismo, titubeante, conjeturando posible el hecho de que en ese momento, como en el sueño, no se encontrara en realidad, a pesar de las certezas de los sentidos, junto al fuego, es su robe de chambre, escribiendo. Si ahí mismo, sosteniendo la pluma, el secante, la tinta, rasgando el papel, no estaría siendo embaucado. Dios (optimum Deum, fontem veritatis) no puede engañarlo, porque es un buenazo, reñido con el timo. Queda entonces otro, supongamos, notable por lo poderoso, dice Descartes, notable por lo engañador, que me confunde. Porque ese me engaña, insiste, porque soy objeto de su fraude, es que no es dable la duda de que yo existo.

Dicho de otro modo, yo existo por ese otro, ese genio maligno y poderoso (genium aliquem malignum) se toma la molestia de mentirme minuciosa, insistente, implacablemente, ahora mismo, mientras escribo. Yo soy, en última instancia, la intención ese otro de engañarme -me estafa, ergo existo. Ego. Yo soy, curiosamente, un individuo importante, porque ese ser poderoso se toma enormes esfuerzos por ilusionarme.

Aliquem. Y quién me engaña; el Diablo (o diabolos, alevoso griego, el engañador), ningún otro. Y cuál es la función del Diablo en este mundo, entonces: ficcionalizar. Ese poderoso, que me da la existencia, ese fabulista enconado, ¿y si no existiera?, ¿y si no existiera la mentira, la ficción? Mejor ni pensarlo; ni siquiera existiríamos.

*Publicado originalmente en Insomnia

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