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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



SUSPENSO -

A, b y c del suspenso*

Amir Hamed
Un cuento o una novela, por contrapartida, hace a quien lee cómplice de un chimento. Hacia el final del relato, la lectura descubre una verdad que es para ese lector, y para nadie más


"Boomerang regresa después de seis años". Este pequeño
prodigio, que debería haber sido un apotegma, fue titular de cierto tabloide sensacionalista. Como se sabe, estos tabloides suelen ser decepcionantes; una portada de portentos nunca satisfecho por el desarrollo de las notas. Aquí, acaso, pueda entenderse el desencanto del libro periodístico: la tiránica gramática que hace al periodismo establece que hay que las primeras líneas establecen (a) quién, (b) qué, (c) cuándo, y (d) dónde
(la belleza de este titular reside, precisamente, en lo incontestable): el cómo. Porque siendo regresar el ergon del boomerang, la interrogante sería cómo fue que se demoró tanto. Esto, el lead, requiere un emporio de datos que van saturando los nudos de la narración y opera en el sentido contrario al que procede la ficción, ya que la crónica remite al pretérito y la ficción, por contrapartida, nos cuelga del hilillo del suspenso, ese qué vendrá.

Así como libros periodísticos se sustentan -y muchas veces se promocionan- a través de kilogramos de datos, la ficción se urde un entramado de incertidumbres. Para el lector de una crónica, se trata de una verificación: lo anunciado tiene que corroborarse con hechos incontrastables; para el que se sumerge en un relato ficcional, por el contrario, se trata de ir olfateando qué será aquello que advenga. Hay casos, por supuesto, en que una ficción puede comenzar por lo que cronológicamente es el final: entonces, la lectura es indagar cómo sucedió lo que se nos ha contado. La revelación, de todos modos, llega con el cierre.

Otra diferencia fundamental: el periodismo es noticia, la ficción es una revelación asordinada. Noticiar es hacer público lo que era privado, es democratizar el conocimiento (el cristianismo fue esa buena noticia, precisamente; divulgar la llegada de la salvación); un cuento o una novela, por contrapartida, hace a quien lee cómplice de un chimento. Hacia el final del relato, la lectura descubre una verdad que es para ese lector, y para nadie más.

Finalmente, la diferencia fundamental: el suspenso es un adverbio modal. Todos los días se publican los obituarios, pero sólo transcurriendo junto a personajes que vemos crecer, caducar y entregarse, tenemos un regusto de ese misterioso e implacable punto final que nos aguarda. Así, un obituario generoso de cierto Charles Bovary, médico de campaña -e incluso un elogio fúnebre- nos pueden informar dónde, cuándo y cómo, e incluso invitarnos a su entierro. Pero sólo la experiencia de seguir por cientos de páginas los extravíos de su esposa, y de verificar párrafo a párrafo la cortedad de miras de Charles nos lo puede entregar al final, viudo, vencido, descubriéndose en su magnitud de zoquete, entregándose, redondeado y pacífico, a la muerte.

Desde siempre la ficción, volvedora como un arma arrojadiza australiana, nos susurra que somos quién, que ese qué nos sucederá no se sabe cuándo, que no importa dónde, y que -más allá de todo afán noticioso- es cómo lo que cuenta.

* Publicado originalmente en Insomnia

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