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Amir Hamed
ISSN 1688-1672

 



MONTERROSO, AUGUSTO

Augusto Monterroso: El predicador de una brevedad no predicada, el humorista que no quería serlo, y el fabulista que nada fabulaba

Sofi Richero
Si el lector fuera un sacerdote, esta nota un confesionario, y estuviéramos obligados a complicarlo todo buscando alguna insanía en la literatura monterroseana, de seguro comenzaríamos por decir que sus textos sufren en general de una elegante patología literaria


"Hay un mundo de escritores, de traductores, de editores, de agentes literarios, de periódicos, de revistas, de suplementos, de reseñistas, de congresos, de críticos, de invitaciones, de promociones, de libreros, de derechos de autor, de anticipos, de asociaciones, de colegios, de academias, de premios, de condecoraciones. Si un día entras en él verás que es un mundo triste; a veces un pequeño infierno, un pequeño círculo infernal de segunda clase en el que las almas no pueden verse unas a otras entre la bruma de su propia inconciencia".

Augusto Monterroso ('Subcomedia', de La letra e)

A las naderías o brillanteces biográficas de cualquier escritor accedemos o bien mediante las insensateses y embellecimientos que cada quien descuelga como desprevenidamente en entrevistas y breves solapas, o bien y fundamentalmente, mediante biografías y autobiografías, género ríspido, desconfiable y vapuleado si los hay, y al que Augusto Monterroso cedió, aunque siempre un poco heterodoxamente, luego de un meditado rodeo intelectual del que hay constancia, por si a alguien se le ocurriera reclamarla, en cualquiera de sus anteriores libros.

Pero lejos del ruido biográfico y lejos también de la obvia y contundente evidencia de la
escritura, cuáles
son los gestos y detalles que terminan por redondear la actitud literaria de un escritor y hacerlo absolutamente distinto a cualquier otro. En el caso de Augusto Monterroso, escritor nacido en Honduras, guatemalteco por convicción y mexicano por adopción, acaso ese antiguo antojo de hacer una "antología universal de la mosca" puesto que como dice en su libro Movimiento perpetuo "la mosca invade todas las literaturas, y claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca".

Y quizás también ese terror vergonzante a la idea de que existan hombres que escriben para ganar dinero, y quienes como escritores se agremian y reclaman derechos al estado, comisiones o becas, puesto que como cualquier profesión, y mas bien como cualquier profesión que trabaje con productos simbólicos inconmensurablemente valiosos para el prójimo, se les debe asegurar materialmente la existencia.

O Monterroso el palindromista maniático, el exégeta del ingenio y la brillantez irónica, en la calle con su libreta a cuestas por si un apunte ingenioso de un transeúnte corriente tiene la irresponsabilidad de querer pasar al olvido sin pena ni gloria. O Monterroso el miniaturista distraído, responsable del legendario "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" -y que, en honor a los lectores hay que ceder a repetirlo, se trata del cuento mas breve de la historia-.

Distraído miniaturista sí, puesto que como dice con sensatez comnovedora en La brevedad, "lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y a la coma, al punto."

O Tito Monterroso, como suelen llamarle entre amigos, el también distraído humorista que en Viaje al centro de la fábula confiesa con imprevista amargura que "si lo quieres saber, nada me desilusiona más que la consabida frase con que alguien me informa entusiasmado de lo mucho que se rió con mi cuento tal o cual, y el cuento es tal vez aquel que a mí me emocionó hasta las lágrimas escribir, o aquel en que logré introducir alguna experiencia amarga de mi vida."

Y Monterroso el humorista que no quería serlo y Monterroso el breve, supuesto predicador de una brevedad que no predica, el ironista oximorónico puesto que a qué ironista se le ocurriría ser ironista y al mismo tiempo sentimental, a excepción tal vez de Swift, Montaigne, Cervantes y
Borges, escritores a quien con devoción Augusto Monterroso cita cada vez que puede. Y todos esos Monterrosos juntos, sumados y hasta multiplicados, no alcanzan, tampoco, a dar con quien quiera que sea Augusto Monterroso, a quien se tratará de asir aquí, vana y brevemente.


***

Hagamos esto rápidamente: Augusto Monterroso nació un 21 de diciembre de 1921, en esa ciudad que existe, se llama Tegucigalpa y es la capital de Honduras. Clase media acomodada y un linaje de abogados y militares. Una familia nómade que viaja constantemente, y que recala, cuando el niño Monterroso tenía cinco años, en Guatemala. Unos pocos años en la escuela primaria, a trabajar, y a leer, autodidacta y asistemáticamente, en las bibliotecas públicas. A comienzos de la década del 40 funda la revista Acento; en ésta y en El imparcial aparecen sus primeros textos. Digamos que toda Centroamérica lo solicita como su 'Borges', pero es regularmente antologado como escritor guatemalteco.

A diferencia de sus coterráneos Miguel Angel Asturias y Luis Cardoza y Aragón, su contribución con los antólogos suele ser breve. Sus primeros textos, datados en los 40's y en Guatemala, coinciden con su militante oposición al gobierno de Jorge Ubico, en el poder desde 1931. La firma de Auguto Monterroso aparece en el legendario manifiesto que exigía su renuncia, gracias a lo cual es detenido y gracias a lo cual solicitará asilo en la Embajada de México, fijando más tarde su residencia allí. Secretario y cónsul en La Paz en 1953-54, y luego de la intervención norteamericana, renuncia y exilio en Santiago de Chile. Regreso a México en 1953, donde trabajará alternativamente como investigador, editor, y becario. Se casó tres veces: con la mexicana Dolores Yáñez, la colombiana Milena Esguerra y la escritora méxicana Bárbara Jacobs, tan solo "B." para los lectores de Monterroso.

Con ella vive hoy día, y con ella suele antologar cuentos y cosas, de cuentos pues hay un libro reciente, Antología del cuento triste, publicado en Alfaguara. Sus primeras publicaciones son en diarios y revistas. Se apunta que El hombre de la sonrisa radiante, de 1941, es su primer texto.

Ya sobre los 50' se anima con un par de plaquetas: El concierto y El eclipse
(1952) y Uno de cada tres y El centenario (1953), cuatro cuentos que integrarán mas tarde su célebre primer libro: Obras completas (y otros cuentos) editado en 1954 por la Universidad Nacional Autónoma de México. Monterroso advierte para siempre con este libro sobre su poco respeto por los géneros en particular y sobre la coherencia genérica en general. Le place el ensayo tanto como el cuento, y el apunte como el chisme, y no ve nada malo en que los libros sean libros que recogen nada más textos, como los envases recogen el agua y otros licores posibles. La oveja negra y demás fábulas (1969), sin duda el más difundido de sus libros, agrega otro pesado malentendido al autor.

Al humorista que no quería serlo, y al predicador de lo breve que nada predicaba, le suma ahora la del fabulista que no fabula nada. Como diría Carlos Fuentes basta con imaginar "a Jonathan Swift y James Thurber intercambiando notas" para tener una idea más o menos cercana de la ética literaria de este satírico impostor disfrazado de Esopo. Se lo ha comparado con Iriarte y Samaniego, con Thurber, sobretodo con Thurber. Tipificado como un anti-Esopo y un anti-Fontaine, él mas bien ha dicho que "tenía una especie de idea inmanente de lo que es una fábula, como todo el mundo, ¿para qué buscar más?" (en Viaje al centro de la fábula).

A esta sarta de anti-fábulas y ovejas de dudosa moral, le sigue Movimiento perpetuo (1972), en donde además de reafirmar su militante eclecticismo genérico, realiza su viejo sueño de antologar textos sobre moscas. Lo demás es silencio (1978) es considerada su única novela, pero problemáticas de género aparte, más que novela, nouvelle, o disparate, se trata del nacimiento del intelectual provinciano Eduardo Torres, una suerte de biografía a varias voces (testimonios, todos ellos, de San Blas, su provincia) que se completa en otros libros, ya que una y otra vez su cátedra erudita le sugiere motivos a Augusto Monterroso, quien no duda en saludarlo en sus escritos siempre que la ocasión no sugiera finalmente admiración desproporcionada, y ni pensarlo, envidia.

Viaje al centro de la fábula
(1981) es un acto de justicia con la prensa, recopilación de entrevistas con la que ilusamente Monterroso supuso haber dicho todo lo que los periodistas del mundo querían oír. La palabra mágica (1983) es, una vez más, una antojadiza suma de textos misceláneos: mini-ensayos, mini-biografías de escritores y otros hombres admirados, cuentos más o menos puros -génericamente hablando- y un diseño gráfico que integra páginas de colores, tipografías juguetonas, dibujos de otros, y dibujos, por primera vez, del propio Monterroso.

La letra e
(1987) es una rara clase de diario, en donde a modo de fragmentos se intercalan lecturas anotadas de escritores admirados, comentarios literarios generales, comentarios literarios precisos sobre una frase marginal de algún escritor, citas a las que no fue, citas a las que fue, cosas expresadas en conferencias que dio y en conferencias que no dio, fallidas o inconvenientes o ridículas participaciones públicas, breves homenajes a amigos, por lo general amigos-escritores, chismes literarios que quieren ser lisa y llanamente chismes literarios, partes de sus respuestas a cuestionarios de revistas literarias, partes de lo que pensó cuando envío esas respuestas, azoramiento ante ciertos criterios sobre todas las cosas suceptibles de tener criterios, anécdotas porque sí, en general referidas a libros, títulos, datos y otras curiosidades bibliográficas.

Con Esa fauna
(1992) Monterroso deja de lado tontas humildades y convencido por sus amigos, hace públicos sus dibujos, también expuestos alguna vez en la Biblioteca Nacional de México. Llenos de gracia y picardía, estas líneas anti-rafaélicas dibujan unas veces a una ballena y un pescadito entrando por su boca, a modo de metafísica lucha entre el bien y el mal, o contornean a Kierkegaard, Cervantes, Samuel Johnson, con la misma belleza elemental con que se celebra a un pato silvestre, a un perro pobre, o a una vaca sin adjetivos. Los buscadores de oro (1993), quién lo hubiera dicho, es finalmente una autobiografía de Augusto Monterroso. Claro que el lector encontará aquí la misma fiesta miscelánea que en cualquier otro de sus libros. El único límite, y ese sí autoimpuesto severa y drásticamente, era el de no pasar gato por liebre, autobiografías por "automonumentos".

***

Si el lector fuera un sacerdote, esta nota un confesionario, y estuviéramos obligados a complicarlo todo buscando alguna insanía en la literatura monterroseana, de seguro comenzaríamos por decir que sus textos sufren en general de una elegante patología literaria. Llámese provisoriamente a ésta, intimidación o algo así como superconciencia literaria. La idea de que caballeros como Jorge Luis Borges, Montaigne, Kafka o Cervantes fueron demasiado suficientes, y acaso no se perdona del todo el escribir pese a ellos.

Así que Monterroso escribe literatura alrededor de la literatura, casi como todos, pero en su caso hay una intimidación mas evidente, como si no se permitiera entrar en la literatura completamente. Sus textos son formas oblicuas de narración, constelaciones textuales huidizas, indefinidas y hasta temerosas. Borradores más que sellos.

Todo principia con una provisoria libertad, de texto que se va haciendo a sí mismo sobre un proceso de asociación libre en que la palabra navega tanteando, buscando con paciencia la emergencia del asunto. Y entonces la palabra se enrosca, de pronto, como una voluta, y encierra un lugar común o traiciona paródicamente una frase hecha, un aforimso, un refrán eventualmente. Y se dibuja un globito virtual sobre la palabra, y la encierra por un momento. Una consideración momentánea sobre la remota constelación de información que trae esa palabra, las veces que ha sido dicha o escrita en la historia del mundo.

Y luego corre, la olvida, sigue adelante haciéndose a sí mismo, el texto, y una idea boba aparece cruzando el camino, hay una pausa que considera si aquella merece o no merece una digresión, y por lo general, merece. La digresión es efectivamente el asunto, así resulta que la primera promesa del texto se va sumisamente al diablo.

Los textos de Monterroso consienten, en el texto, a todos los otros textos del mundo. Un sofocón conciente, intimidante y quizás por eso mismo lúdico, lo asalta cada vez. Se está escribiendo sobre otras muchas escrituras, y la presión de todo eso otro insiste, rompe la cáscara del texto, y sube, tomando la superficie. Acobardando a esas primeras líneas audaces, desprevenidas, que han osado creerse primeras, considerarse limpias, nuevas en la historia del mundo.

Es la suya una escritura irreverente, que por principio no se toma en serio a sí misma, una vocecita que tiene la amable ocurrencia de querer hilvanar lo intrascendente como parte de un sabio conjuro. Y que en su conjuro escribe la intrascendencia para que lo trascendente se haga presente alrededor como por un proceso serigráfico. Monterroso principia a escribir despreocupado sobre, digamos, las moscas, rompe momentáneamente el hielo, y cuando su pluma se despereza empiezan a sumársele trascendencias imprevistas. Llamada por las moscas, la trascendencia se enrosca en la pluma de Monterroso, se hace lugar flotando arriba, o vigila por debajo, camuflada.


***

A veces, el texto de Monterroso quiere hacer completamente evidente esa superconciencia, sacársela cortésmente de encima. Y entonces se refiere a sí mismo con un pasajero rezongo, se llama la atención. El narrador se reprocha a sí mismo un adjetivo no demasiado pensado, invitado por una necesidad casi natural en la cadena sintáctica, o llamado, un poco artificialmente, a cumplir un clisé retórico. Y en cuanto se pone prudencialmente serio y literaturoso, surge como una cosquilla, y entonces sabemos que llegará a continuación la consabida humorada autorreferente.

O advierte sobre, o se disculpa por, una metáfora que llegará a continuación, cuando en verdad lo que viene a continuación no es tan precisamente una metáfora, tal vez una metonimia, mas una sinécdoque, o cualquier otra clase de tropo. O se excusa de una comparación no demasiado feliz, y en el mismo texto la revierte, como por ejemplo en Navidad. Año nuevo. Lo que sea, cuando dice: "Las tarjetas y regalos que año tras año envías y recibes o enviamos y recibimos con ese sentido mas o menos tonto que te o nos domina, pero que paultainamente a base de una interrelación de recuerdos y olvidos vas o vamos dejando de enviar o recibir, como, comparando, esos trenes que se cruzan a lo largo de la vía sin esperanza de verse nunca más; o mejor, ahora autocriticando, pues la comparación con los trenes no resulta buena ni mucho menos, toda vez que se necesita ser un tren muy estúpido para no esperar volverse a ver con los que se encuentra (...)".

O un cuento que nada tiene de experimental, y que nos mantiente engatusados como tontos semánticos, se pone sintáctico de pronto e irrumpe una puntuación excéntrica, como por ejemplo en Bajo otros escombros, cuando en medio de una intriga que se volverá policial, tendrá un crimen pasional o algo de equiparable envergadura semántica, Monterroso se descuelga con esta frase que habla de empleados que anhelan regresar a sus casas: "nadie sabe por qué, a sus casas, aumentan y corren laboriosos tras los autobuses y los tranvías que pasan allí cerca repletos hasta que. Por fin, de pronto, descubren en él una agitación...".

Y entonces comienza a sospecharse si no será ésto un error de la edición, o si finalmente es Monterroso tan endiablademente sutil, tan molesto, tan perversamente literario. Pero aparece lo mismo una y otra vez, el caso del principio de Las Criadas: "Amo a las sirvientas por irreales, porque se van, porque no les gusta obedecer, porque encarnan los últimos vestigios del trabajo libre y la contratación voluntaria y no tienen seguro ni prestaciones ni; porque como fantasmas de....". Y entonces no queda mas remedio, que culpar a; Augusto Monterroso y su; sintactismo travieso.


***

Es ciertamente travieso, y hasta un poco vanidoso, el ímpetu de esos textos monterrosanos que parecen contentarse con ser simples juegos de ingenio. Matemática literaria, ejercicios ociosos. "De la erudición, lo que más me atrae es el juego" escribió en La palabra mágica. Nada más exacto para comprender su maniática propensión a los palindromos, o palindromas, como el dice que se dice en Onís es asesino, palindroma que da título a su texto de Movimiento perpetuo y en donde luego de recordar que un palindroma es una palabra o una frase que puede leerse igual de derecha a izquierda como de izquierda a derecha, se despacha con unos cuantos, entre malos, muy malos, buenos y muy buenos, pero sobre todo asombrosos, como aquel que dice le "costó horas de esfuerzo, pero tan escatológico, para vergüenza mía que me apresuro a ponerlo aquí: ¡Acá caca! (...)", o aquel otro "falsísimo pero que a todos en un momento dado nos pareció auténtico, pues en esos días se hablaba del Premio Noble para Alfonso Reyes: -Alfonso no ve el nobel famoso- , que no se lee de atrás para adelante ni de broma (...)".

Es difícil no dudar de este humorista que no quería serlo, si en cada dos de tres textos nos topamos con cosas como la que sigue: "El poeta se dio ese gusto en vida; único estado, viéndolo bien, en que uno se lo puede dar". Pero es verdad que el estigma aprieta, y que a buena parte de su obra le sobra tristeza. El humor de Monterroso reside, básicamente, en que a sus impulsos no los censuran sus frenos. Hay algo así como impulsos humorísticos y frenos que no llegan, o impulsos a los que se frena pero frente al lector, sobre la marcha del texto. Llega una idea tonta, reprimible, y sin embargo se la corteja y se le da la bienvenida. Y queda la opción lúcida y la opción que desbarata la opción lúcida, juntas, ambas posibles. Obras completas (y otros cuentos), La oveja negra y demás fábulas, son dos de sus títulos.

El primero anula exquisitamente el concepto de obras completas, el otro desbarata la condición genérica de la fábula con un atributo que para mal de los males, indica excepción, y excepción negativa. Ese es el humor, tan básico como efectivo, de Augusto Monterroso. En cuanto al manejo de su otro registro más celebrado, la ironía, no alcanzarían cien páginas para las consideraciones preliminares.

 

***

No es verdad que no alcancen cien páginas para considerar preliminarmente la ironía monterroseana. No en vano estas palabras se dedican al predicador de una brevedad no predicada. De todos modos los tres hechos son indiscutibles: a) Monterroso escribe breve (aunque no lo predique), b) Monterroso es endiabladamente irónico, y c) puede hablarse, brevemente, de la ironía monterroseana. (Al margen: esta forma de tipificación es otra de las manías de Augusto Monterroso).

Como hay una biblioteca gigantesca dedicada a considerar especialmente la ironía literaria, sus intríngulis y formas, pre o postmodernas, y como este tema si es desde todo punto de vista inabarcable en estas páginas, contentémonos con decir que Augusto Monterroso la practica, y vaya cómo, en casi todas sus formas. En la elemental acepción de lo que se considera concensualmente ironía, vale decir, una figura que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice, un contraste fortuito que parece una burla, y también en el modo en que sus textos refieren a otros también suyos. Desplazamientos o contrapuntos irónicos; ironías abiertas en un libro, para ser completadas en otro.

Si se dispensa la comparación, y el escaso fundamento, Augusto Monterroso se parece mucho a Borges: en la irresponsabilidad genérica, cuentos que se han vuelto ensayos, libros que compendian textos que unas veces son relatos, otras homenajes, o simples cuestiones que ocupan el pensamiento. Pero también se parecen en la medida en que ambos fabulan y construyen literatura con literatura, montando una aparatosa autopista bibliografica de la que siempre es prudente desconfiar.

Epígrafes ficticios de autores utópicos, atribuciones falsas, personajes reales pasando por ficticios, como Bárbara Jacobs, su mujer, en Lo demás es silencio, referida rápidamente en una nota a pie, o como Eduardo Torres, el sesudo intelectual que protagoniza la misma novela, que no deja a Augusto Monterroso en paz, y es citado como realidad en los libros siguientes. Y como el propio título de esa novela, epígrafe además del libro. Una frase atribuída efectivamente a Shakespeare, pero que Monterroso no la encontró en Hamlet sino en La tempestad.

Sucede que Eduardo Torres, suerte de Evaristo Carriego más torpe e inelegante, sintetiza todo lo que obsesiona a Augusto Monterroso: el escritor, o más precisamente el intelectual, como raza, como curiosidad antropológica. Toda su literatura es un testamento, una dura y sucia constancia, de las pretensiones y los temas-angustias de esta clase de hombre: sus libros-fetiches, sus ideas y amigos fetiches, sus citas prestigiantes como certificados de status, sus bibliotecas llenas de libros no leídos y sus cabezas llenas de ideas nunca realizadas. Los escritos de Monterroso son un satírico y malvado glosario de los mas horribles tabúes intelectuales.

Basta leer El paraíso: no más que una breve lista de las trampitas neuróticas que el lector se hace a sí mismo para no leer una obra que debe leer. Ese deber leer prestigiante con que la institución literaria acaba con el puro placer de la lectura. Sí, trampitas, como las de "ir a orinar, o rascarte la espalda, o bajar por un vaso de agua, o poner un disco, o cortarte las uñas, o encender un cigarro, o buscar una camisa para el coctel de esta tarde, o llamar por teléfono, o pedir un café, o asomarte a la ventana, o peinarte, o mirarte los zapatos, en fin, todo ese tipo de cosas que hacen agradable una buena lectura, la vida."


***

Hay algo sobre lo que Monterroso piensa regularmente en sus escritos. Se trata de una pregunta claramente ociosa, formulada además un tanto vacuamente: ¿por qué el escritor deja de escribir un día? Idea que le ha sugerido Eduardo Torres y que el sabe no tiene respuesta, pero que con escepticismo e inercia voluntariosa siempre se las arregla para llevar a sus páginas. El ánimo de dilucidación no le asiste y la pregunta siempre queda abierta. Es en la derrota anticipada, y en la certeza absoluta de que dar cualquier respuesta sería dar cualquier respuesta que se tomara demasiado en serio a sí misma, que parece preferir hilar sus fragmentos de prosa perfectamente distraída de su perfección con cabos sueltos, razonamientos subalternos, ideas polizones.

Y cada vez que esta pregunta absurda-por qué un escritor deja de escribir- reclama a Monterroso, cada vez que este sofisma que quiere hacer general una pregunta que solo admite respuestas esencialmente subjetivas, por definición individuales, se invitan a ser escritas por el escritor, llegan a continuación otras preguntas. (Hay que acotar aquí que lo de "se invitan a ser escritas por el escritor' no le gustaría a Augusto Monterroso.

Ya lo ha dicho en La palabra mágica: "Otra cosa que se dice ahora con frecuencia es que uno no escoge los temas sino que los temas lo escogen a uno; y es probable que el primero que dijo esto (yo lo leí por primera vez en Elizabeth Bowen en 1954) haya dado un salto de alegría ante tan lindo hallazgo. Pero esa frase, como tantos otros productos del ingenio humano, pasó a ser un lugar común que en la actualidad, penosamente, muchos escritores repiten como si ellos la acabaran de acuñar, y se quedan contentos y el reportero la anota resignado y les dice ¡qué bien!. Y luego la frase pasó a los políticos y ahora éstos también dicen compungidos que la política los escogió a ellos y, naturalmente, que a eso se debe su sacrificio por el pueblo"

Por prudencia entonces mejor diremos que cuando Monterroso escoge, dentro de las infinitas ideas plausibles de ser escogidas, ésta sobre por qué el escritor deja de escribir, llegan a continuación otras preguntas, siempre inmediatas y las mismas, como por ejemplo por qué el mundo está repleto de poetas que no escriben y novelistas convertidos en cualquier otra cosa, todos ellos virtualmente antologados en lo que Monterroso llama la "invencible Historia literaria de lo que no se escribió", y por qué paradojalmente también el mundo tiene escritores que en realidad son mas bien policías, mecánicos dentales, criadores de chinchillas o maestros reposteros.

Es en esa duda aparentemente pueril, que Monterroso deja de ser satírico. Se vuelve sentimental, más que nunca serio.

* Publicado originalmente en Insomnia, Nº 43
  

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