Una vez contrataron
a un arquitecto para que diseñara un sistema de caminos
peatonales en el campus de una gran universidad. El rector
estaba molesto por las dificultades que tenía para mantener
el césped en buenas condiciones. Se preguntaba por qué,
habiendo senderos perfectamente pavimentados, los estudiantes
se empecinaban en caminar por el pasto.
Por más que examinaba las huellas marcadas en el césped,
no lograba encontrar un sentido a las rutas informales, que parecían
no conducir a ninguna parte. Los caminos pavimentados, por otra
parte, estaban bien trazados, seguían los dictados de
la razón, y resultaba evidente que si uno quería
ir de un punto del campus a otro (por ejemplo, de la rectoría
a la biblioteca) no existía un camino más corto.
Encomendó un estudio a la cátedra de paisajismo
de la escuela de arquitectura de la universidad.
El arquitecto nombrado para dirigir el estudio se dedicó,
durante una semana, a mirar a los estudiantes mientras caminaban
por el parque. Observó que en casi todos los casos, los
caminantes emprendían una dirección que luego modificaban
entre dos y tres veces, hasta llegar a su destino.
En todos esos casos, los recorridos a través del césped
eran más largos que si se hubiera elegido un sendero pavimentado.
La segunda etapa de su trabajo de observación consistió
en colocarse sobre una de las direcciones elegidas por los caminantes,
para tratar de descubrir qué magnetismo especial los impulsaba
a dar esos rodeos.
Se dio cuenta de que la meta de los caminantes no era su destino
final, sino un punto intermedio que estaba visualmente presente
cuando se caminaba en la dirección elegida. Por ejemplo,
para ir desde el edificio de dormitorios hasta la cafetería
había un camino pavimentado perfectamente recto.
Pero la gran mayoría de los estudiantes alargaba el recorrido
iniciando una travesía por el césped en dirección
a la cúpula del salón de actos; en determinado
momento, se desviaban emprendiendo una nueva dirección
que estaba alineada con la torre del telescopio del departamento
de astronomía, y finalmente se dirigían, en una
nueva dirección, hacia el edificio de la cafetería,
señalado entre los árboles por el color anaranjado
brillante de los tachos de basura que estaban a los fondos. Una
vez allí, tenían que rodear el edificio para entrar
por la puerta principal.
El arquitecto descubrió que el camino recto y pavimentado,
flanqueado por añosos robles, parecía no terminar
en ninguna parte: la fronda ocultaba el edificio de destino.
Al salir de los dormitorios, lo que veían los estudiantes
era la cúpula del salón de actos.
Intuyó que la meta no es un destino, sino la imposición
de una presencia. Construyó un sistema de caminos que
se articulaban en términos de metas visuales parciales,
sin relación con los destinos de las caminatas. En seis
meses, el césped se recuperó y el rector pudo dejar
de tomar antiácidos.
Años más tarde, luego de examinar los planos del
parque universitario, un crítico de arquitectura concluyó
que su diseñador era un ferviente admirador de las tendencias
románticas de la jardinería, y que para el diseño
de su sistema de caminos se había dejado llevar por un
arrebato de retorno místico a la naturaleza.
Le pareció que el
laberinto era opuesto al funcionalismo.
Sin darse cuenta, él también se había dejado
llevar por una meta impuesta por una presencia (los planos del
jardín); a diferencia de los estudiantes, no llegó
a ninguna parte.
* Publicado
originalmente en Insomnia Nº 89
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