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ISSN 1688-1672

 



COLUMNA PERIODÍSTICA - MÉTODO

Espejo*

Carlos Rehermann

En el fondo, el columnista no sabe para qué lo han llamado, y allí radica la tragedia de su destino de crítico
maniático: cree que su función es la de descubrir el horrible fraude del mundo, la vanidad, la trampa, la mentira


Nadie habrá dejado de observar que el columnista es, básicamente, Uno Que Está En Contra. El columnista, por otra parte, es Uno Que Sabe. Viene y dice: el problema de la física cuántica es que tal y tal; o: los virus no son más que un entramado ideológico de la nueva biología, por lo que tal y tal; o: lo que no aciertan a responder los lacanianos es que tal y tal.

El columnista es un tipo que, parado frente a la torre Eiffel, pregunta: ¿para qué, me querés decir?, en vez de comprar un tique y subir. El columnista, hay que decirlo, es un ser cuya constitución mental le impide encontrar un motivo para decir qué bien, qué bueno, esto funciona, miren qué interesante. Etcétera.

El columnista, en vez de admirarse de que el Viagra solucione un problema, sostiene que la causa del problema que soluciona el Viagra permanecerá, desde ahora, en un segundo plano. Es decir, el columnista se ocupa más bien de los problemas que de las soluciones, y resulta evidente que no le gustan las soluciones, porque le sacan temas para sus columnas.

El arma del columnista es la ironía. Un columnista que salga de su casa sin su morral bien munido de sarcasmos e ironías tiene los días contados. El columnista se enfrenta por ejemplo a la célebre frase del destacado hamburguesólogo Ray Kroc "Ninguno de nosotros es tan bueno como todos nosotros juntos" y la pica tan finito que no sirve ni para una cheeseburguer light. ¿No sería mejor que buscara el lado positivo de la frase? Por ejemplo, que tiene sujeto y predicado correctamente colocados, etc.

El columnista, en fin, llega a un momento de su vida en que cree que el periódico en el que publica es como el marco de la Mona Lisa: protección y ornamento para la esencia de lo único valioso, es decir, su columna, delante de la que se detienen admirados todos los mortales que pasan queriendo o sin querer.

En el fondo, el columnista no sabe para qué lo han llamado, y allí radica la tragedia de su destino de crítico maniático: cree que su función es la de descubrir el horrible fraude del mundo, la vanidad, la trampa, la mentira. Nadie le ha dicho que su función es más bien tranquilizar al Secretario de Redacción, que se asegura media página fija para cada edición (una página entera, si es lo suficientemente enjundioso).

Está convencido de que el Director del periódico lo espía, lee en secreto sus columnas para descubrir si hay alguna debilidad, si no será posible que Otro Columnista disponga de un mejor y más poderoso arsenal, y por eso cada día se esfuerza más para liquidar lo que aún pervive. Como el Director no le dice nada, como nunca lo llama emocionado a las tres de la mañana para decirle muy interesante lo suyo, realmente alguien tenía que decirlo alguna vez, etc., cree que ese silencio es un mudo reproche, una severa recriminación por su debilidad de carácter. El columnista, entonces, se
esfuerza, carga la ironía con ojivas termonucleares, recorta el caño del sarcasmo. Con cada nueva edición, la potencia de sus embates crece, al tiempo que el agotamiento de las cosas de este mundo, desgraciadamente finito y limitado, le deja implacablemente menos espacio de maniobra.

El columnista es tan consecuente con su método que llega el momento en que se apunta a sí mismo y trata de aniquilarse. Sin saber qué títere decapitar, se pone él mismo en su propia mira. Pero es lo suficientemente prudente para detenerse antes de que todo esté perdido.

* Publicado en Insomnia Nº 42

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