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ISSN 1688-1672

 



MOROSOLI, JUAN JOSÉ - EL VIAJE HACIA EL MAR -


“El viaje hacia la conservación”: arquetipos morosolianos

Adrián Canosa

Los pilares de este trabajo están centrados en las cuestiones simbólicas del viaje como la búsqueda de una transformación, los arquetipos morosolianos y la evasión de uno mismo a partir de la distensión que genera la movilización. El desenlace de la obra está solventando a partir de estos tópicos, certificando las características de los personajes del cuento y brindando una mirada acerca de las diferencias de cada arquetipo en relación a las expectativas del viaje y la huida de sí.


Evasión de sí y transformación fallida en El viaje hacia el mar de Juan José Morosoli.

Introducción 

El viaje hacia el mar es una de las obras más populares del escritor minuano, Juan José Morosoli. Es incluso trabajado en programas de ciclo básico en Literatura. Curiosamente, no son visibles estudios de este texto en particular, pese a la riqueza que ofrece en cuanto a posibles temas a abordar.

El presente trabajo pretender ser una crítica del cuento, ofreciendo una mirada tal vez un tanto diferente a las que se pueden esperar al momento de encarar una narrativa como esta. De todos modos, el desarrollo no es sino una base que podría ser retomada en el futuro, extendiendo el campo de estudio o fortaleciendo los postulados ya ampliados.           

Los pilares de este trabajo están centrados en las cuestiones simbólicas del viaje como la búsqueda de una transformación, los arquetipos morosolianos (tomando como referencia otros críticos como Raviolo) y la evasión de uno mismo a partir de la distensión que genera la movilización. El desenlace de la obra está solventando a partir de estos tópicos, certificando las características de los personajes del cuento y brindando una mirada acerca de las diferencias de cada arquetipo en relación a las expectativas del viaje y la huida de sí.

Sinopsis de la obra

El viaje hacia el mar es un cuento publicado por primera vez en el Almanaque del Banco de Seguros del Estado, en 1952[1].

Su título es emblemático, donde las salvedades radican en las proezas que experimentan un conjunto de personajes con particulares características en el viaje suscitado. En un “viejo Ford con bigotes” viajarán Rodríguez (conductor), el Vasco Arriola, “Siete y tres diez”, “Leche con fideos”, Rataplán y el desconocido a través de los cerros de Pan de Azúcar, buscando llegar a su meta y de esa forma dejar atrás por un momento sus vidas monótonas.

Simbolismo del viaje

Hablar de viaje como símbolo conlleva a distintas connotaciones. Una de ellas alude a la evasión de uno mismo sobre sí, un mecanismo para escapar de una realidad tediosa o que sencillamente ya no sorprende, que no aporta nuevas experiencias a la percepción del individuo. En la quinta acepción sobre la figura del viaje, Jean Chevalier en su Diccionario de símbolos afirma: “A través de todas las literaturas, el viaje simboliza pues una aventura y una búsqueda, se trate de un tesoro o de un simple conocimiento, concreto o espiritual. Pero semejante busca no es en el fondo más que una demanda y, por lo general, una huida de sí.” (1067).

Desde este postulado es que se abordarán cuestiones que vinculan a los personajes en El viaje hacia el mar, no sin considerar los arquetipos que el cuento presenta, con sus correspondientes características.

Arquetipos “morosolianos”

Antes de ingresar en el abordaje del cuento, es pertinente primero explayarse en cuestiones que relacionan al autor y su estilo. Juan José Morosoli toma como fuente de su creación literaria a las comunidades “de los bordes de su pueblo” (Raviolo 7), donde allí se extraen diferentes modelos que se pueden definir como los arquetipos que integran la obra del autor minuano.      

Los denominados “pueblos de ratas” determinaron el surgimiento de individuos con características en lo que respecta a su rol social. El crítico ya citado, en el Prólogo de Cuentos escogidos alude al nombre de uno de los libros de cuentos de Morosoli, Vivientes:

(…) ser un viviente es ser socialmente anónimo y a ese anonimato social se llega por un cúmulo de circunstancias que van encerrando a esos seres en una costra de silencio y soledad. Vivientes son los sieteoficios, los agencia-vidas, los montaraces huraños, los carreros sin destino, los achureros, canteros, curanderos, lavanderas, la infinita serie de relegados a los estrados más bajos de la sociedad. (8)

Además, Raviolo cita a Arturo Visca, quien conceptualiza otra división categórica para los personajes morosolianos, quien los define como nómades o sedentarios, “sedentarios sin horizontes, de vida vegetal, enraizada en su pago… o nómades sin reposo, sedientos de horizontes que no saben precisar…” (8). Este conglomerado de cualidades extraídos de la realidad circundante al escritor en cuestión, desemboca en un tópico que se insinúa en los personajes de sus obras, y que el mismo Morosoli comenta en su obra La soledad y la creación literaria, citado por Raviolo. Se habla de “la cansera” del hombre marginado: “La cansera está formada de sentimientos negativos y se cae en ella cuando ya no se cree en nada, y vivir es una forma de morir y nada más.” (9).  

Comentario aparte merecen aquellos personajes que, pudiéndoselos asociar en algunos de estos términos, se destacan también por un amor especial a la naturaleza en contraste a otros que permanecen cautelosos ante ella (Raviolo 25-29). Los paisajes son para aquellos una maravilla en la cual complacer su soledad y sentir regocijo, o un sistema repelente el cual es imposible de comprender y de obtener reflexión para estos últimos.

Es inviable desprender todos estos arquetipos a la temática de la soledad, muy presente en toda la obra del autor. “Hay tantas soledades como hombres sufren la soledad. De ahí que, aunque este sea un tema constante de Morosoli, cada una de sus historias de soledad tendrá un relieve propio” afirma Raviolo (17). Es este concepto abstracto muchas veces factor de determinadas conductas en algunos personajes.

De este modo, se solventan los modelos mencionados presentes en el amplio repertorio de cuentos de Morosoli, dotando de un realismo fortalecido a su ficción y que son elementos ineludibles al momento de estudiar a alguno de estos.  

Los personajes de El viaje hacia el mar 

Próximos a estos modelos están los personajes de “El viaje…”. La narración nos presenta a seis casos: Rodríguez, el Vasco Arriola, “Siete y tres diez” (acompañado de su perro Aquino), “Leche con fideos”, Rataplán y el desconocido.

A partir de los postulados de Visca, sedentarios y nómades, se puede encasillar al desconocido como ejemplo de estos últimos; desde el nombre que el narrador le adjudica hasta la introducción del cuento así lo certifican: “En el café había un solo hombre, sentado al lado de la puerta, desconocido para Rataplán, lo que quiere decir que no era del pueblo.” (Morosoli 140) En concordancia con su denominación, no se sabe mucho más sobre el desconocido. Lo que se puede obtener de él son a partir de sus intervenciones en el cuento, así sea por los “cuentos de tartamudos” que hacía para hacer reír a los demás personajes (140), por imitar un trombón mientras van en la zorra del camión (143) o por reparar el vehículo cuando este se detiene en medio de la ruta por una falla en el radiador. Lo que sí se puede adelantar a partir de esto es que, como hombre que viene de otro lugar, está contaminado de otros conocimientos, trae consigo una astucia no presente en los demás personajes que se analizarán a continuación.

Rataplán, me atrevo a decir, es el ejemplo por antonomasia del sedentarismo, lo contario al desconocido. El diálogo que tiene con el desconocido cuando lo conoce sustenta su falta de conocimiento de las afueras de su pueblo:

- … estamos de viaje a la playa.

- ¿A qué playa?

– ¿Hay más de una?

– ¡Uf!… muchísimas. ¿No conoce el mapa?

–No señor, no lo conozco…. (140)

Ese basurero jubilado y con un par de dedos menos recibe su nombre del entorno, “El apodo le venía de su costumbre de seguir al batallón en sus desfiles por las calles del pueblo, repitiendo en voz baja el sonido del entorno” (142); síntoma tal vez de su arraigo casi por inercia a ese pueblo cuyo nombre nunca se aclara, y que poco viene al caso. Es un personaje torpe, tal vez el más torpe del grupo aventurero, si se mide la estupidez de varios de sus gestos o aportes, como cuando recurre a pararse sobre un cajón para mirar el valle que descendía del lomo de la cuchilla (146).

Al decirse que “Siete y tres diez” es un vendedor de lotería, rengo y siempre con un perro foxterrier de acompañante (142), se genera en la mente del lector una imagen fácilmente asociada a la del señor mayor que subsiste como puede, que compensa la ausencia de otra clase de compañía a través de un canino y también se adhiere al sedentarismo, por cuestiones tal vez más justificadas que Rataplán.

A “Leche con fideos” se lo describe como “un hombre flaco, pálido, con una barba negrísima, de ocho días, peón de un horno de ladrillos” (140), no se sabe mucho más que eso, aparte de su intervención en el desenlace de la obra, que merece un comentario aparte. Sí reúne muchas similitudes con los últimos tres personajes comentados, como determinada pasividad en lo que respecta a su forma de vivir, estática.

El Vasco Arriola es declarado nómade desde su “carta de presentación”, cuando el narrador aprecia que “no se sabía de dónde venía cuando llegó al pueblo” (142). Es catalogado también como alguien callado, trabajador también en los hornos de ladrillos y persona próxima a Rodríguez. Cumple la función de ser una especie de “mano derecha” para él, y también denota carencias en lo que refiere a inteligencia,  

Finalmente, el mismísimo Rodríguez. Dueño del Ford, es quien invita a los sedentarios viajeros a una travesía hacia el paisaje de agua salada. Es un hombre que se acopla al prototipo morosoliano de hombre apasionado por la naturaleza y que ve en ella a una fiel compañera, fácilmente comparable a otro personaje de otro cuento del autor, Andrada (del cuento homónimo). “Andrada y el monte se entendían en silencio” (Morosoli 40) reza el cuento suscitado, comparable a Rodríguez y su “pasión por el mar”, porque “cualquier pretexto le venía bien para llegar a él” (141). Es un personaje, que exalta tanto sus emociones que hasta se lo podría comparar con un hombre romántico entre tantos seres apáticos.

He aquí una cuestión hasta el momento ignorada: a excepción de Rodríguez y el desconocido, el resto de los personajes jamás vio el mar, consecuencia de su rutina condimentada por el sedentarismo que los aferra al pueblo donde comienza la historia. Es por esto que la inexperiencia de los potenciales tripulantes del camión se convierte en un leimotiv, donde los personajes en su totalidad ven en la aventura una posibilidad irremplazable de evadirse de la realidad a partir de los signos e imágenes que la ruta hacia el tesoro acuoso les ofreciese.

Rutas desviadas: evasión

Ya se estipuló que un viaje es una cuestión de evadirse, a partir de una inherente transformación que se construye desde la experiencia que el desplazamiento implica. Pero El viaje hacia el mar permite hacer distintas observaciones a partir de este axioma. 

En el inicio del cuento ya se da por sentada, desde la voz de Rataplán, la cuestión del viaje. El entusiasmo se manifiesta desde antes de subirse al camión, habiéndose reunido algunos de los personajes en el café se dejan llevar por el diálogo entre ellos, palpitando las sensaciones que le podrían generar a cada uno la travesía (140-41). El desconocido, tal vez el ser más solitario de los del grupo, es quien fomenta ese ambiente dotado de la calidez del compañerismo que se gesta en esa situación concreta; resulta inevitable no pensar en la soledad siempre acechante, dónde momentos de diálogo entre hombres perdidos, así sean sedentarios o nómades, son irrepetibles.

Emprendido el viaje es donde la distensión se vuelve más implícita. Rataplán al notar el tedio latente en la parte trasera del Ford deshecho, toma la iniciativa para que se cante algo a gusto de quienes están allí sentados. El desconocimiento de casi todos ellos de canciones referencia, reflejo de la pasividad extrema de esos hombres aprehendidos a su pueblo y mecanizados a sus tareas, determina que se seleccione la Marcha Mi Bandera, canción patria y popular: “Ninguno sabía canción alguna, con excepción del desconocido que sabía muchas, pero todas incomprensibles para ellos.” (143) El desconocido, prototipo de nómade, presenta un campo más amplio de ideas pero, al confrontarlas con sus compañeros de viaje que poco saben de exteriores, se genera el desentendimiento. De todos modos, el recurso para escapar de la soledad del silencio encuentra la variante y hasta que Rodríguez no para el vehículo, seguirán cantando, tarareando e imitando el trombón.

Luego de algunos infortunios, los tripulantes consiguen llegar a la playa, aposentándose en un monte de eucaliptos y pinos. La euforia previa al divisar la meta luego de horas de moverse por las carreteras de la región es síntoma del sentimiento de recompensa tras el padecimiento evidente (calor, paraje por fallas en el vehículo, etc.):

-¡Allá es! –dijo Rodríguez.

Los de adentro iniciaron entonces un nuevo coro lleno de desmayos e interrupciones. (147-48)

Por supuesto que los rituales de celebración tradicionales no podían faltar al pisar “la tierra prometida”. Una vez instalados en el monte de eucaliptos y pinos, la sensación de victoria en la mente de los personajes se manifiesta no ya en la euforia previa, sino en la serenidad del descanso, del almuerzo y el beber caña y vino, el de la risa por la gracia del otro, etc. Atrás quedaban los parajes, los insultos de Rodríguez y los rayos solares que impactaban directo al rostro de varios de los tripulantes: “Gozaban de aquella brisa que luego del viaje accidentado y ardiente resultaba deliciosa.” (149)

Rodríguez, hombre apasionado al gran ente líquido, luego de celebrar con el resto opta por evadirse a su forma: “Rodríguez, luego de hablar mucho del mar, se dirigió a la costa. […] Estuvo allí un largo rato, callado, abstraído. Fumando en silencio, mirando a la distancia remota, siguiendo el vuelo de las gaviotas, viendo morir y renacer las olas interminables.” (150) Por detalles como este es importante tener en cuenta los arquetipos que construye el escritor minuano. La diferencia entre el susceptible Rodríguez, enamorado de las olas y las gaviotas, con los pacíficos y poco reflexivos Rataplán y compañía es gigantesca.            

“El mar al fin”

El mar como símbolo, y sin alejarse de los tópicos que nos convocan, puede interpretarse como “símbolo de la dinámica de la vida. Todo sale del mar y todo vuelve a él: lugar de los nacimientos, de la transformaciones y de los renacimientos” (Chevalier 689). La cuestión de las transformaciones conviene acoplarla a la causa, considerando los temas hasta ahora tratados, como el mismísimo viaje. Pero la obra nos muestra un resultado, bajo estos parámetros, inesperado.

La forma en la que ven a Rodríguez solo frente al agua anticipa la carencia de reflexión de los sedentarios viajeros. Sólo el desconocido, hombre de experiencia, parecer comprender las sensaciones que debe percibir aquel en tal estado de liberación, al contestarle a “Siete y tres diez” que su chófer estaba “mirando el mar y nada más”. (150) Rodríguez, al percatarse de que aquellos despistados tipos a los que había invitado no salían del fogón, decide ir a buscarlos. El discurso para incentivarlos y su consecuencia es un ejemplo por antonomasia de las cosmovisiones de cada grupo, de cada tipo de personaje, de cómo conciben los hechos y sus expectativas: 

-El mar –decía Rodríguez- es una cosa soberbia y bárbara… Para mí es un misterio que no me puedo explicar…

Los otros seguían callados tratando de saber a qué conclusiones quería llegar Rodríguez. Y tratando además de explicarse por qué éste les había hecho hacer aquel viaje para ver el mar. Cierto era que ellos nunca lo habían visto, pero bien se podía comprender sin verlo que el mar es el mar. (150)

Los sedentarios no serán tal vez como otros personajes morosolianos, como Nieves y Silveira en “Los albañiles de Los Tapes”, que temen ante las inclemencias de la naturaleza. Rataplán, “Leche con fideos”, “Siete y tres diez” y el Vasco Arriola son, simplemente, hombres tan arraigados a la monotonía del pueblo, a la pasividad absoluta que su capacidad de reflexión no supera la barrera que lo novedoso siempre ayuda a romper.  

Las cualidades de cada arquetipo morosoliano se fundamentan, de manera definitiva, en la conclusión de la obra, con Rodríguez pidiendo opiniones a cada uno de los viajeros (menos al desconocido, que se aleja de la escena como acompañante “no invitado”). Obtiene respuestas que se alejan de las esperadas, y que demuestran la incapacidad de los interrogados de ver más allá de lo connotativo del viaje que les facilitó. 

El Vasco lentamente dijo lo siguiente:

-¿El mar?... Lo más lindo que tiene es la arena… ¡No parece arena y es arena!

[…]

-¡Qué cantidad de agua! –dijo “Leche con fideos”-. De lo que no me doy cuenta es pa dónde corre…

[…]

-¿Qué decís, Rataplán –preguntó Rodríguez-, es grande o no es grande esto?

-Es –respondió y volvió a repetir-, es. Pero no tiene barcos… Y para mí un bar sin barcos es como un campo sin árboles…

[…]

-Mirá, los barcos pasan por el canal. Como a dos leguas de aquí… Ahora mismo estará pasando alguno.

[…]

-Yo no veo nada –dijo.

-No los ves porque la tierra es redonda…

[…]

-¿Y el agua es redonda también?

 

Evidentemente, Rodríguez se fastidia al apreciar que sus compañeros no denotan ningún cambio de actitud o perspectiva. Tal y como en pasajes de la obra como el conflicto del radiador, el poder de los sedentarios para desenvolverse ante un hecho concreto está limitado a la visión de aquel que “vive por vivir y nada más”, el del individuo del pueblo marginado que sufre de la cansera de la que habla Morosoli, citado anteriormente.

En conclusión, el viaje que prometía nuevas experiencias que causaran un cambio en la percepción de los aburridos e ingenuos hombres, termina en un desentendimiento con su referente Rodríguez, esperanzado de que el mar fuera el tesoro que les brindara inspiración, y no fuente de respuestas para él injuriosas. Su expectativa de hacer que los demás se maravillarán se desmorona al oír las injurias de los demás.

Se podría afirmar, tomando el simbolismo del viaje, que la búsqueda era de Rodríguez, pero que el conocimiento concreto era en realidad pensando en sus amigos desconocedores de todo lo externo a su día a día. La “huida de sí” fue posible para él gracias a sus características particulares una vez absorto frente al paraíso buscado, mientras que los demás, vividores sin objetivos, encontraron la evasión durante el desarrollo del viaje en los momentos de distensión, pero sin cambios notorios en lo cognitivo.

Bibliografía:

Chevalier, Jean. Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Herder S.A., 1986.

Morosoli, Juan José. Cuentos escogidos. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2012.

Raviolo, Héber. “La narrativa de Juan José Morosoli” en Cuentos escogidos, de Juan José Morosoli. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2012


Nota:

[1]Ref.: Morosoli, Juan José. Cuentos escogidos. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2012.

 

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